La fascinación de Nezach Quiróx por investigar la ciudad de Salomón El Grande nació de un hecho trágico: la desaparición de personas de forma misteriosa. El fenómeno se originó en este lugar, pero luego desaparecieron personas de todo Neométzico allí, después de diversos lugares del continente afroamericano. Nezach, oriundo del Horizonte Maya al sur de Neométzico, desde los dieciséis años se mudó a Salomón el Grande para investigar las desapariciones. Su sueño era convertirse en un criminólogo reconocido, pero con el pasar del tiempo, y al notar que aquello no era producto de algún asesino en serie o crimen organizado, se ha abierto paso al terreno de la arqueología; decía que algo «más allá» de lo humanamente posible estaba propiciando que a la gente se la «tragara la tierra», y la mejor forma de investigarlo es a través de las raíces de aquel lugar.
Se dice que en Neométzico existieron
múltiples culturas que hablaban lenguas que las personas de estos tiempos no
alcanzaron a conocer. La única que permanece hasta nuestros días es el náhuatl,
que es la lengua principal en el país, después del espanglés. A lo largo y
ancho del país, se han encontrado vestigios maravillosos, como pirámides que
ahora se encuentran cubiertas de tierra y se han convertido en montañas y
cerros con formas interesantes.
Salomón —el nombre corto de esta
emblemática ciudad— es milenaria, de las más avanzadas de Afroamérica; existe
desde antes de que el continente se fusionara, cuando América y África estaban
aún separados por el gran Océano Atlántico. Y a pesar del avance tecnológico
del lugar, preserva muchos elementos de su antigua cultura. Salomón es también
la ciudad más grande y antigua de Afroamérica, y una de las más viejas del
mundo.
Nezach exploró muchas teorías para dar
explicación a las desapariciones, incluso pensó que una secta estaba detrás de
ello, pero al final solo se les atribuyeron ciertos asesinatos en masa en otros
lugares. Cuando puso un pie en el Mercado de las Luces por primera vez, se dio
cuenta de que la respuesta estaba en ese lugar.
Al acercarse la víspera de Navidad, las
calles del centro de Salomón se abarrotan y dan la bienvenida al mercado. Es
conocido desde Afroamérica hasta Eurasia, que se encuentra del otro lado del
planeta, y muchas personas de ahí atraviesan el Océano Proto-Índico para
conseguir algún producto que solo se encuentra en el Mercado de las Luces.
El nombre se le dio porque venden una gran
variedad de luces navideñas, desde los arcaicos focos LED hasta series de luces
de antifotones. Sin embargo, y el motivo por el cual Nezach adora este mercado,
es por un área bien escondida en donde los pocos descendientes de los antiguos aztecas
venden sustancias mágicas, plantas medicinales milenarias, fósiles de animales
extintos, algunas partes disecadas, y antigüedades de lo que antes fue llamado México,
un país con menos territorio que el actual Neométzico. Allí se reúnen los
mejores brujos o «xamanes» del mundo, y no se les puede encontrar en otro lugar
ni en otra época del año, más que en esa. Tampoco reciben a cualquier persona.
Para Nezach es sorprendente el hecho de que sobrevivan tanto tiempo sin un
ingreso, sin vivir en sociedad, y atendiendo solo a un par de personas al año. En
un inicio creyó que cobraban cantidades exuberantes de dinero para cumplir las
encomiendas de sus escasos clientes. Sin embargo, tan solo de la venta de sus
productos es suficiente para mantenerse. Él, un adicto a las compras de este
tipo, lo sabe mejor que nadie. Sus carritos de compras virtuales no se limitan
a los objetos necesarios para sus exploraciones, sino que se extienden hasta
gastar todos sus ahorros en el Mercado de las Luces cada año.
Los xamanes del lugar solo atienden a
quienes consideran adecuado ayudar, y no reciben un solo centavo a cambio. A
tal paso, le parece imposible conseguir una cita con uno, aunque sea solo para
hablar. “Pero este año será diferente”, se dice a sí mismo.
Al entrar al área de xamanes, sediento de
respuestas y esperando encontrarlas en aquella sabiduría ancestral, Nezach es
abordado por una joven y hermosa mujer morena, de nariz prominente, abundantes
cabellos negros, lacios, pesados, y unos bellos ojos almendrados de color
negro. Para Nezach este tipo de rasgos eran los más hermosos del mundo, pues
pocas veces se presentan en las personas. Las pieles en el mundo son o muy
negras o muy blancas, las narices pequeñas y respingadas, y los ojos grises son
los más comunes. Después de la Gran Guerra de Palestina, cientos de miles de
años atrás, el canon de belleza cambió tanto que los humanos se modificaron
genéticamente para adaptarse a él. Y las nuevas generaciones nacieron con estos
cambios; la diversidad de rasgos y colores de piel se volvió cada vez más
limitada. Ver al vecino, al actor en la pantalla, al marido, o al conductor del
transporte público era como verse a uno mismo en el espejo, y la forma en que
los artistas y creadores de contenido en el Mundo Virtual se hacían notar, era
a través de la ropa y el maquillaje exuberante que se conseguía a un solo touch
de distancia.
La mujer que aborda a Nezach se presenta como
Sol Xanat en un espanglés muy malo. Le dice que los granos de maíz le hablaron
de él. Nezach alza una ceja de incredulidad, y duda por un momento si Sol Xanat
solo quiere sacarle dinero por una lectura de cartas o algo similar. Ella parece
adivinar los pensamientos del hombre, así que del bolsillo de su falda floreada
saca un pequeño morral, estira los extremos de las cuerdas que lo cierran y de
él saca granos de maíz púrpura, rojo y blanco. De inmediato, Nezach se
recrimina a sí mismo estar dudando de lo que ha esperado por tanto tiempo; pide
permiso para sostenerlos, conmovido por su forma redondeada. Le dice a Sol
Xanat:
—Este
maíz debe ser muy antiguo.
Ella asiente. Sus ojos, tan negros como una zanja, se
clavan en los ojos verdes de Nezach. Él toca el maíz como si se tratara del cristal
más fino; sabe que, en la actualidad, los granos son de una forma cuadrada perfecta,
al igual que la mazorca en sí. Las empresas modificaron los vegetales siglos
atrás para que no generasen el ruido visual que tanto afectó a inicios
de la era 21, y desde entonces no hubo vuelta atrás. Sol Xanat lo saca de sus divagaciones
quitándole los granos de la mano y devolviéndolos a su lugar. Clava sus ojos de
zanja en los de Nezach por segunda ocasión, y él casi siente desconfianza emanar
de ellos.
—¿Qué te dijo el maíz sobre mí? —pregunta.
Sol
Xanat niega. Con la expresión asustadiza de un venado, mueve los labios sin
emitir sonido alguno. Nezach trata de entender lo que ella trata de decirle: “Tenemos
que irnos, pueden escucharnos”. Se contiene de preguntar: “¿Quiénes?”, y se
contagia de paranoia. Sol Xanat dice a la encargada del puesto de a lado que le
cuide un rato, que volverá antes de cerrar, pero Nezach no entiende mucho de lo
que dicen; hablan en náhuatl y él aún no lo aprende bien. Las mujeres parecen
discutir, más la compañera de Sol Xanat, pues esta última muestra una actitud un
poco descarada.
—De seguro ni regresas —le dijo
la compañera en un espanglés mejor que el de Sol Xanat, y barre a Nezach con la
mirada—. Ya te vas otra vez de huila.
Sol
Xanat suelta una risa escandalosa. Nezach se ríe también, aunque no sabe qué
significa huila. La discusión termina ahí. Suben al auto de Nezach, y después
de la instrucción de Sol Xanat, llegan a las afueras de Salomón, se detienen en
un enorme sembradío. Allí, los campesinos, propietarios de las tierras, se
detienen en sus labores y los observan pasar; Nezach se pierde en la negrura de
aquellos ojos, y en el brillo contrastante de su piel morena. Caminan hasta
llegar al pie de un cerro, para ese momento el sol ya ha bajado y el aire se
torna frío. Nezach se abraza a sí mismo mientras mira a su alrededor: detrás de
él, los campesinos, a lo lejos, no han dejado de mirarlos y siguen inmóviles;
al frente, la montaña tapa la luz del sol, incluso parece estar nublado. A su
costado, Sol Xanat está rezando en náhuatl mientras se sahúma. Del otro lado,
un camino despejado que lleva a unas cabañas, quizá de la gente del campo. Después
de sahumarse, Sol Xanat lo sahúma a él, que siente los ojos pesados conforme una
capa blanca y translúcida cubre su cuerpo. De pronto nota los tonos de olor del
sahumerio: palo santo, ruda, salvia, copal blanco. El humarascal colma sus
fosas nasales y se cuela hasta la garganta. Tose, y Sol Xanat se ríe bajito.
—Ya casi acabo —le dice y
recompone el tono solemne en sus plegarias.
Después
de unos minutos, están limpios y protegidos. Nezach teme preguntar cualquier
cosa. Entre lo que parecen ser enredaderas de maleza, Sol Xanat descubre una
entrada hacia la montaña; es angosta y se siente húmeda. Ella entra sin mayor
problema, gracias a la delgadez de su cuerpo. En cambio, Nezach sume la panza
que los años y la cerveza han hecho algo prominente. La roca le arranca un
botón de la camisa y le raspa la piel, pero no se atreve ni a quejarse. Están a
oscuras, pero Nezach, siempre preparado, saca una linterna del bolso de cuero que
siempre carga. Caminan por un túnel un poco menos estrecho que la entrada hasta
llegar a una ¿sala?, o cueva cuadrada. De pronto Nezach cae en cuenta de que,
por la ubicación y la estructura interna del lugar, se encuentran dentro de una
pirámide.
—Nantlejekatl era su cuidadora —dice
Sol Xanat.
Nezach,
absorto dilucidando en qué parte de la pirámide se encontrarían, se estremece
ante el repentino sonido de la voz de Sol Xanat. Sabe quién era Nantlejekatl,
la madre de la tolvanera, mas no entiende a quién o qué cuidaba. De nuevo, no pregunta
nada. Llegan a un pasadizo con unas escaleras de caracol hacia abajo; contrario
a lo que pensaba, no estarían explorando la parte de arriba de la pirámide.
¿Había algo más importante debajo de ella?
—El Miztitōca era el compañero de
nuestra Madre. Significa “gato grande” en tu lengua —explica Sol Xanat cuando llegan
al final de las escaleras, que a Nezach le parecieron casi interminables. Desde
donde están, no pueden ver el inicio, pues miden un par de kilómetros. El diámetro
no es muy ancho y le da al arqueólogo una sensación de atrapamiento. Además,
saberse en tal profundidad gesta una opresión en su pecho que dificulta su
respiración. Se topan con otras escaleras, esta vez rectas, que los conducen a
una enorme sala perfectamente cuadrada. El hombre calcula que mide al menos dos
kilómetros cuadrados. Por el suelo se esparcen cráneos de gato alrededor de bellas
esculturas de piedra; Nezach reconoce algunas de las deidades que representan,
pero le llama la atención la que podría ser del Miztitōca. Se inclina ante
ella y de su bolso saca un lente para analizarla con más detalle.
Sol
Xanat se acerca a él por la espalda, y el tacto de las finas manos en sus
hombros le produce un escalofrío desde el coxis hasta las sienes. Nezach se levanta
en el acto y, al girarse, deja caer la linterna. Está temblando. La luz apenas
los alumbra, y Sol Xanat se prende de su cuello.
—Tienes una enorme sed de saber,
me lo dijo el maíz.
Desliza
su lengua desde la mandíbula, los vellos de la barba descuidada le raspan, pero
continúa hasta llegar a los labios, entreabiertos por la conmoción. Los atrapa
en un ardiente vaivén de deseo, pero Nezach no puede responder.
—Él se los llevó, ¿no es así? —Es
la primera vez que Nezach pronuncia palabra desde que bajaron del auto. Su voz
sale casi como un gruñido de terror.
Sol
Xanat voltea a ver, pero Nezach no siente su mirada. Es como si la mujer
estuviese viendo hacia la nada. Él retrocede un paso, tropieza con la escultura
y cae al suelo. Ella se abalanza a él como una leona a su presa y se pone a
horcajadas sobre su cuerpo tembloroso tendido entre los huesos.
—Parece que eres listo —responde
Sol Xanat—. Miztitōca
fue. ¿Quieres saber?
Nezach
intenta levantarse, pero el cuerpo delgado de la mujer se siente anormalmente
pesado. El rostro fino y hermoso se agrieta poco a poco, y se torna color gris.
Sol Xanat es ahora una escultura de piedra, cada vez más pesada. Nezach siente la
pelvis partirse en dos, sus gritos rebotan en las paredes. Trata de regularse,
a pesar del dolor y el miedo, aún quiere escuchar.
—El gato elige a los indicados
para Nantlejekatl. En el otro pasadizo hay muchos iguales. Tenían joyas y
plumajes que los adornaban. Le gustan los objetos brillantes, el olor a tela
recién hilada. Con eso, se calmaban las tolvaneras. Todos los cerros de aquí no
son más que tumbas.
—¿Tumbas? —brama Nezach, y
siente que se quiebran sus fémures.
—No buscaron bien —contesta Sol Xanat.
Su cuerpo de piedra se torna más suave y se llena de pelo. Ahora es un oso
negro.
—Na… Nahual —tartamudea Nezach
en un hilo de voz.
—No te desmayes —dice Sol Xanat
y lo toma de las ropas con el hocico, no sin antes pedirle que lleve la
linterna por ella.
Sol
Xanat se lo lleva arrastrando por un portal a una sala idéntica a la anterior,
pero con montañas y montañas de huesos humanos. Nezach grita y se revuelca en
el suelo, trata de liberarse, pero cada movimiento envía una corriente de dolor
por todo su cuerpo. Un olor a podredumbre llena sus fosas nasales.
—No te muevas —gruñe Sol Xanat.
Su voz suave ahora es gutural.
De
inmediato, Nezach se queda inmóvil y la mira con los ojos muy abiertos.
—El miedo y el dolor pueden
detener tu corazón. —Su cuerpo cambia de forma hasta convertirse en un venado—.
¿Esta forma es más amigable?
El
hombre asiente con la cabeza; con el poco raciocinio que le queda, nota que Sol
Xanat habla con un mejor espanglés. Mira los restos a su alrededor. Algunos están
adornados con joyas finas, penachos y ropas que, quizá para entonces, eran las
más lujosas. Pero conforme mira más y más, encuentra atuendos modernos y
cuerpos no tan carcomidos por el tiempo.
—Hace varios años, un 24 de
diciembre, justo después del solsticio de invierno, una gran tolvanera se llevó
árboles, y casas enteras en nuestro pueblo. Vengo de un lugar cercano a Salomón
el Grande, donde no hay hogares de materiales modernos como en el que has de
vivir tú. Toda mi gente quedó sin hogar bajo el sol del desierto. Nos picaron
los alacranes y nos mordieron las serpientes. No teníamos ni siquiera luz,
porque también se cayeron los postes. Supimos que Nantlejekatl necesitaba
sacrificios cuando el año siguiente, antes del solsticio, se perdió uno de los
ricos de Salomón, y vimos al Miztitoca arrastrarlo por todo el pueblo. Todos lo
seguimos hasta acá. Pero fue al único que pudo traerse. Ya estaba viejito. Antes
de morirse, nos dijo que teníamos que traerle más a la Madre Tolvanera, porque
él ya no podría. Nantlejekatl lo cuidó como a su hijo mientras fue humana, y
cuando se convirtió en Diosa en forma de tolvanera, Miztitōca le prometió que la
cuidaría a ella ahora. Y como te digo que le gustaban los adornos al gato, por
eso se llevaba a la gente que tenía muchas cosas, como ropa nueva y alhajas. Por
eso nosotros vivimos en humildad perpetua. Por eso el maíz me dijo que vendrías
tú. Tienes muchos aparatos que le van a gustar al gato. No puedo dejarte ir,
Nezach Quiróx. Ahora también tenemos que alimentar al Miztitōca y traerle sus
juguetes, porque si no, sufriremos de la cruel tolvanera de nuestra Madre.
Preferimos darles de comer y que nos acaricien de vez en cuando con sus
terregales.
»Como
tú, llegaron muchos de otras partes. Se tomaban fotos con nosotros, nos veían
hacia abajo. Tú me caíste bien, pero es que el maíz me habló de ti. Me dijo que
te gustaba comprar cosas. Y nosotros no perdonamos. Por gente como tú, se
acabaron nuestras aguas, por eso nos cobran el aire que respiramos, por eso los
campos están llenos de basura. Detestamos a la gente como tú. Por eso mejor los
damos como ofrenda. Pero vas a estar feliz, ¿no? —Sol Xanat acaricia el rostro
de Nezach, ya de color gris, con la almohadilla rasposa de su pata—. El maíz
también me dijo que querías saber qué pasaba. Pero después de saber, tampoco
puedo dejarte ir, ¿sí entiendes? Te digo que así como tú, llegaron de muchas
partes, uno que otro científico que desapareció sin dejar rastro. También turistas
que nos quieren comprar como a todo lo que se ponen de adorno. Están bien
vacíos, pero tú me caías bien. ¿Me escuchaste?
Sol Xanat adopta de nuevo su forma humana. Se pone de rodillas junto al cuerpo inerte de Nezach Quiróx. Está muerto. Nada más alcanzó a escuchar hasta “solsticio”. No se enteró jamás del misterio, pero Sol Xanat no lo sabe. Está feliz de haberlo ayudado. Al final, es lo que los xamanes del Mercado de las Luces se encargan de hacer.
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