martes, 17 de diciembre de 2024

Miztitōca

La fascinación de Nezach Quiróx por investigar la ciudad de Salomón El Grande nació de un hecho trágico: la desaparición de personas de forma misteriosa. El fenómeno se originó en este lugar, pero luego desaparecieron personas de todo Neométzico allí, después de diversos lugares del continente afroamericano. Nezach, oriundo del Horizonte Maya al sur de Neométzico, desde los dieciséis años se mudó a Salomón el Grande para investigar las desapariciones. Su sueño era convertirse en un criminólogo reconocido, pero con el pasar del tiempo, y al notar que aquello no era producto de algún asesino en serie o crimen organizado, se ha abierto paso al terreno de la arqueología; decía que algo «más allá» de lo humanamente posible estaba propiciando que a la gente se la «tragara la tierra», y la mejor forma de investigarlo es a través de las raíces de aquel lugar.

Se dice que en Neométzico existieron múltiples culturas que hablaban lenguas que las personas de estos tiempos no alcanzaron a conocer. La única que permanece hasta nuestros días es el náhuatl, que es la lengua principal en el país, después del espanglés. A lo largo y ancho del país, se han encontrado vestigios maravillosos, como pirámides que ahora se encuentran cubiertas de tierra y se han convertido en montañas y cerros con formas interesantes.

Salomón —el nombre corto de esta emblemática ciudad— es milenaria, de las más avanzadas de Afroamérica; existe desde antes de que el continente se fusionara, cuando América y África estaban aún separados por el gran Océano Atlántico. Y a pesar del avance tecnológico del lugar, preserva muchos elementos de su antigua cultura. Salomón es también la ciudad más grande y antigua de Afroamérica, y una de las más viejas del mundo.

Nezach exploró muchas teorías para dar explicación a las desapariciones, incluso pensó que una secta estaba detrás de ello, pero al final solo se les atribuyeron ciertos asesinatos en masa en otros lugares. Cuando puso un pie en el Mercado de las Luces por primera vez, se dio cuenta de que la respuesta estaba en ese lugar.

Al acercarse la víspera de Navidad, las calles del centro de Salomón se abarrotan y dan la bienvenida al mercado. Es conocido desde Afroamérica hasta Eurasia, que se encuentra del otro lado del planeta, y muchas personas de ahí atraviesan el Océano Proto-Índico para conseguir algún producto que solo se encuentra en el Mercado de las Luces.

El nombre se le dio porque venden una gran variedad de luces navideñas, desde los arcaicos focos LED hasta series de luces de antifotones. Sin embargo, y el motivo por el cual Nezach adora este mercado, es por un área bien escondida en donde los pocos descendientes de los antiguos aztecas venden sustancias mágicas, plantas medicinales milenarias, fósiles de animales extintos, algunas partes disecadas, y antigüedades de lo que antes fue llamado México, un país con menos territorio que el actual Neométzico. Allí se reúnen los mejores brujos o «xamanes» del mundo, y no se les puede encontrar en otro lugar ni en otra época del año, más que en esa. Tampoco reciben a cualquier persona. Para Nezach es sorprendente el hecho de que sobrevivan tanto tiempo sin un ingreso, sin vivir en sociedad, y atendiendo solo a un par de personas al año. En un inicio creyó que cobraban cantidades exuberantes de dinero para cumplir las encomiendas de sus escasos clientes. Sin embargo, tan solo de la venta de sus productos es suficiente para mantenerse. Él, un adicto a las compras de este tipo, lo sabe mejor que nadie. Sus carritos de compras virtuales no se limitan a los objetos necesarios para sus exploraciones, sino que se extienden hasta gastar todos sus ahorros en el Mercado de las Luces cada año.

Los xamanes del lugar solo atienden a quienes consideran adecuado ayudar, y no reciben un solo centavo a cambio. A tal paso, le parece imposible conseguir una cita con uno, aunque sea solo para hablar. “Pero este año será diferente”, se dice a sí mismo.

Al entrar al área de xamanes, sediento de respuestas y esperando encontrarlas en aquella sabiduría ancestral, Nezach es abordado por una joven y hermosa mujer morena, de nariz prominente, abundantes cabellos negros, lacios, pesados, y unos bellos ojos almendrados de color negro. Para Nezach este tipo de rasgos eran los más hermosos del mundo, pues pocas veces se presentan en las personas. Las pieles en el mundo son o muy negras o muy blancas, las narices pequeñas y respingadas, y los ojos grises son los más comunes. Después de la Gran Guerra de Palestina, cientos de miles de años atrás, el canon de belleza cambió tanto que los humanos se modificaron genéticamente para adaptarse a él. Y las nuevas generaciones nacieron con estos cambios; la diversidad de rasgos y colores de piel se volvió cada vez más limitada. Ver al vecino, al actor en la pantalla, al marido, o al conductor del transporte público era como verse a uno mismo en el espejo, y la forma en que los artistas y creadores de contenido en el Mundo Virtual se hacían notar, era a través de la ropa y el maquillaje exuberante que se conseguía a un solo touch de distancia.

La mujer que aborda a Nezach se presenta como Sol Xanat en un espanglés muy malo. Le dice que los granos de maíz le hablaron de él. Nezach alza una ceja de incredulidad, y duda por un momento si Sol Xanat solo quiere sacarle dinero por una lectura de cartas o algo similar. Ella parece adivinar los pensamientos del hombre, así que del bolsillo de su falda floreada saca un pequeño morral, estira los extremos de las cuerdas que lo cierran y de él saca granos de maíz púrpura, rojo y blanco. De inmediato, Nezach se recrimina a sí mismo estar dudando de lo que ha esperado por tanto tiempo; pide permiso para sostenerlos, conmovido por su forma redondeada. Le dice a Sol Xanat:

                —Este maíz debe ser muy antiguo.

Ella asiente. Sus ojos, tan negros como una zanja, se clavan en los ojos verdes de Nezach. Él toca el maíz como si se tratara del cristal más fino; sabe que, en la actualidad, los granos son de una forma cuadrada perfecta, al igual que la mazorca en sí. Las empresas modificaron los vegetales siglos atrás para que no generasen el ruido visual que tanto afectó a inicios de la era 21, y desde entonces no hubo vuelta atrás. Sol Xanat lo saca de sus divagaciones quitándole los granos de la mano y devolviéndolos a su lugar. Clava sus ojos de zanja en los de Nezach por segunda ocasión, y él casi siente desconfianza emanar de ellos.

                —¿Qué te dijo el maíz sobre mí? —pregunta.

Sol Xanat niega. Con la expresión asustadiza de un venado, mueve los labios sin emitir sonido alguno. Nezach trata de entender lo que ella trata de decirle: “Tenemos que irnos, pueden escucharnos”. Se contiene de preguntar: “¿Quiénes?”, y se contagia de paranoia. Sol Xanat dice a la encargada del puesto de a lado que le cuide un rato, que volverá antes de cerrar, pero Nezach no entiende mucho de lo que dicen; hablan en náhuatl y él aún no lo aprende bien. Las mujeres parecen discutir, más la compañera de Sol Xanat, pues esta última muestra una actitud un poco descarada.

                —De seguro ni regresas —le dijo la compañera en un espanglés mejor que el de Sol Xanat, y barre a Nezach con la mirada—. Ya te vas otra vez de huila.

Sol Xanat suelta una risa escandalosa. Nezach se ríe también, aunque no sabe qué significa huila. La discusión termina ahí. Suben al auto de Nezach, y después de la instrucción de Sol Xanat, llegan a las afueras de Salomón, se detienen en un enorme sembradío. Allí, los campesinos, propietarios de las tierras, se detienen en sus labores y los observan pasar; Nezach se pierde en la negrura de aquellos ojos, y en el brillo contrastante de su piel morena. Caminan hasta llegar al pie de un cerro, para ese momento el sol ya ha bajado y el aire se torna frío. Nezach se abraza a sí mismo mientras mira a su alrededor: detrás de él, los campesinos, a lo lejos, no han dejado de mirarlos y siguen inmóviles; al frente, la montaña tapa la luz del sol, incluso parece estar nublado. A su costado, Sol Xanat está rezando en náhuatl mientras se sahúma. Del otro lado, un camino despejado que lleva a unas cabañas, quizá de la gente del campo. Después de sahumarse, Sol Xanat lo sahúma a él, que siente los ojos pesados conforme una capa blanca y translúcida cubre su cuerpo. De pronto nota los tonos de olor del sahumerio: palo santo, ruda, salvia, copal blanco. El humarascal colma sus fosas nasales y se cuela hasta la garganta. Tose, y Sol Xanat se ríe bajito.

                —Ya casi acabo —le dice y recompone el tono solemne en sus plegarias.

Después de unos minutos, están limpios y protegidos. Nezach teme preguntar cualquier cosa. Entre lo que parecen ser enredaderas de maleza, Sol Xanat descubre una entrada hacia la montaña; es angosta y se siente húmeda. Ella entra sin mayor problema, gracias a la delgadez de su cuerpo. En cambio, Nezach sume la panza que los años y la cerveza han hecho algo prominente. La roca le arranca un botón de la camisa y le raspa la piel, pero no se atreve ni a quejarse. Están a oscuras, pero Nezach, siempre preparado, saca una linterna del bolso de cuero que siempre carga. Caminan por un túnel un poco menos estrecho que la entrada hasta llegar a una ¿sala?, o cueva cuadrada. De pronto Nezach cae en cuenta de que, por la ubicación y la estructura interna del lugar, se encuentran dentro de una pirámide.

                —Nantlejekatl era su cuidadora —dice Sol Xanat.

Nezach, absorto dilucidando en qué parte de la pirámide se encontrarían, se estremece ante el repentino sonido de la voz de Sol Xanat. Sabe quién era Nantlejekatl, la madre de la tolvanera, mas no entiende a quién o qué cuidaba. De nuevo, no pregunta nada. Llegan a un pasadizo con unas escaleras de caracol hacia abajo; contrario a lo que pensaba, no estarían explorando la parte de arriba de la pirámide. ¿Había algo más importante debajo de ella?

                —El Miztitōca era el compañero de nuestra Madre. Significa “gato grande” en tu lengua —explica Sol Xanat cuando llegan al final de las escaleras, que a Nezach le parecieron casi interminables. Desde donde están, no pueden ver el inicio, pues miden un par de kilómetros. El diámetro no es muy ancho y le da al arqueólogo una sensación de atrapamiento. Además, saberse en tal profundidad gesta una opresión en su pecho que dificulta su respiración. Se topan con otras escaleras, esta vez rectas, que los conducen a una enorme sala perfectamente cuadrada. El hombre calcula que mide al menos dos kilómetros cuadrados. Por el suelo se esparcen cráneos de gato alrededor de bellas esculturas de piedra; Nezach reconoce algunas de las deidades que representan, pero le llama la atención la que podría ser del Miztitōca. Se inclina ante ella y de su bolso saca un lente para analizarla con más detalle.

Sol Xanat se acerca a él por la espalda, y el tacto de las finas manos en sus hombros le produce un escalofrío desde el coxis hasta las sienes. Nezach se levanta en el acto y, al girarse, deja caer la linterna. Está temblando. La luz apenas los alumbra, y Sol Xanat se prende de su cuello.

                —Tienes una enorme sed de saber, me lo dijo el maíz.

Desliza su lengua desde la mandíbula, los vellos de la barba descuidada le raspan, pero continúa hasta llegar a los labios, entreabiertos por la conmoción. Los atrapa en un ardiente vaivén de deseo, pero Nezach no puede responder.

                —Él se los llevó, ¿no es así? —Es la primera vez que Nezach pronuncia palabra desde que bajaron del auto. Su voz sale casi como un gruñido de terror.

Sol Xanat voltea a ver, pero Nezach no siente su mirada. Es como si la mujer estuviese viendo hacia la nada. Él retrocede un paso, tropieza con la escultura y cae al suelo. Ella se abalanza a él como una leona a su presa y se pone a horcajadas sobre su cuerpo tembloroso tendido entre los huesos.

                —Parece que eres listo —responde Sol Xanat—. Miztitōca fue. ¿Quieres saber?

Nezach intenta levantarse, pero el cuerpo delgado de la mujer se siente anormalmente pesado. El rostro fino y hermoso se agrieta poco a poco, y se torna color gris. Sol Xanat es ahora una escultura de piedra, cada vez más pesada. Nezach siente la pelvis partirse en dos, sus gritos rebotan en las paredes. Trata de regularse, a pesar del dolor y el miedo, aún quiere escuchar.

                —El gato elige a los indicados para Nantlejekatl. En el otro pasadizo hay muchos iguales. Tenían joyas y plumajes que los adornaban. Le gustan los objetos brillantes, el olor a tela recién hilada. Con eso, se calmaban las tolvaneras. Todos los cerros de aquí no son más que tumbas.

                —¿Tumbas? —brama Nezach, y siente que se quiebran sus fémures.

                —No buscaron bien —contesta Sol Xanat. Su cuerpo de piedra se torna más suave y se llena de pelo. Ahora es un oso negro.

                —Na… Nahual —tartamudea Nezach en un hilo de voz.

                —No te desmayes —dice Sol Xanat y lo toma de las ropas con el hocico, no sin antes pedirle que lleve la linterna por ella.

Sol Xanat se lo lleva arrastrando por un portal a una sala idéntica a la anterior, pero con montañas y montañas de huesos humanos. Nezach grita y se revuelca en el suelo, trata de liberarse, pero cada movimiento envía una corriente de dolor por todo su cuerpo. Un olor a podredumbre llena sus fosas nasales.

                —No te muevas —gruñe Sol Xanat. Su voz suave ahora es gutural.

De inmediato, Nezach se queda inmóvil y la mira con los ojos muy abiertos.

                —El miedo y el dolor pueden detener tu corazón. —Su cuerpo cambia de forma hasta convertirse en un venado—. ¿Esta forma es más amigable?

El hombre asiente con la cabeza; con el poco raciocinio que le queda, nota que Sol Xanat habla con un mejor espanglés. Mira los restos a su alrededor. Algunos están adornados con joyas finas, penachos y ropas que, quizá para entonces, eran las más lujosas. Pero conforme mira más y más, encuentra atuendos modernos y cuerpos no tan carcomidos por el tiempo.

                —Hace varios años, un 24 de diciembre, justo después del solsticio de invierno, una gran tolvanera se llevó árboles, y casas enteras en nuestro pueblo. Vengo de un lugar cercano a Salomón el Grande, donde no hay hogares de materiales modernos como en el que has de vivir tú. Toda mi gente quedó sin hogar bajo el sol del desierto. Nos picaron los alacranes y nos mordieron las serpientes. No teníamos ni siquiera luz, porque también se cayeron los postes. Supimos que Nantlejekatl necesitaba sacrificios cuando el año siguiente, antes del solsticio, se perdió uno de los ricos de Salomón, y vimos al Miztitoca arrastrarlo por todo el pueblo. Todos lo seguimos hasta acá. Pero fue al único que pudo traerse. Ya estaba viejito. Antes de morirse, nos dijo que teníamos que traerle más a la Madre Tolvanera, porque él ya no podría. Nantlejekatl lo cuidó como a su hijo mientras fue humana, y cuando se convirtió en Diosa en forma de tolvanera, Miztitōca le prometió que la cuidaría a ella ahora. Y como te digo que le gustaban los adornos al gato, por eso se llevaba a la gente que tenía muchas cosas, como ropa nueva y alhajas. Por eso nosotros vivimos en humildad perpetua. Por eso el maíz me dijo que vendrías tú. Tienes muchos aparatos que le van a gustar al gato. No puedo dejarte ir, Nezach Quiróx. Ahora también tenemos que alimentar al Miztitōca y traerle sus juguetes, porque si no, sufriremos de la cruel tolvanera de nuestra Madre. Preferimos darles de comer y que nos acaricien de vez en cuando con sus terregales.

»Como tú, llegaron muchos de otras partes. Se tomaban fotos con nosotros, nos veían hacia abajo. Tú me caíste bien, pero es que el maíz me habló de ti. Me dijo que te gustaba comprar cosas. Y nosotros no perdonamos. Por gente como tú, se acabaron nuestras aguas, por eso nos cobran el aire que respiramos, por eso los campos están llenos de basura. Detestamos a la gente como tú. Por eso mejor los damos como ofrenda. Pero vas a estar feliz, ¿no? —Sol Xanat acaricia el rostro de Nezach, ya de color gris, con la almohadilla rasposa de su pata—. El maíz también me dijo que querías saber qué pasaba. Pero después de saber, tampoco puedo dejarte ir, ¿sí entiendes? Te digo que así como tú, llegaron de muchas partes, uno que otro científico que desapareció sin dejar rastro. También turistas que nos quieren comprar como a todo lo que se ponen de adorno. Están bien vacíos, pero tú me caías bien. ¿Me escuchaste?

Sol Xanat adopta de nuevo su forma humana. Se pone de rodillas junto al cuerpo inerte de Nezach Quiróx. Está muerto. Nada más alcanzó a escuchar hasta “solsticio”. No se enteró jamás del misterio, pero Sol Xanat no lo sabe. Está feliz de haberlo ayudado. Al final, es lo que los xamanes del Mercado de las Luces se encargan de hacer.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Asesino de canarios

 

And I remember now
At the top of my lungs in my arms
She dies, she dies.
—«The Ghost of You», My Chemical Romance


El estruendo de un ave estrellándose en el parabrisas casi me cuesta la vida. Mi coche dio un giro por el volantazo que di al asustarme. Cuando me detuve, atravesado entre los dos carriles, respiré un momento. El responsable de mi susto de muerte yacía en el cofre del auto. Era un canario amarillo.
Siempre los odié. Mamá solía tener muchas aves en el patio y jardín de la casa. Incluso tenía gallos que me despertaban temprano todos los malditos días, pero no los odiaba tanto como a los canarios. A menudo, cuando se distraía, yo les arrancaba la cabeza con los dientes. Siempre pensó que eran gatos los responsables, y conseguía un repuesto casi el mismo día. No sé cuántas cabezas de canario arranqué con los dientes durante mi infancia y adolescencia, pero debieron ser muchas.
Por fortuna, a mi exesposa le encantaban los gatos, así que tener aves no era una buena idea.
Hadria era una mujer muy amable, hermosa por dentro y por fuera. Me casé con ella perdidamente enamorado, ella provocaba en mí algo que ninguna otra mujer había hecho jamás. Era inteligente, sensata, divertida, muy culta, hacía el amor como nadie, y en su corazón había una gran pureza, algo que ya no se encuentra con mucha facilidad. Su cabello era largo, castaño claro, sus ojos eran color miel y su piel rosa y pálida. Amaba tanto sentir la suavidad de su piel, ver su sonrisa, tocar sus pies con los míos, escucharla reír… pero nunca se lo hice saber. Un día, ya era demasiado tarde. La vi marcharse, cabizbaja, evitando mirarme, con dos enormes maletas en mano.

    —Gracias por todo —fue lo único que pude decirle, tímidamente, con la voz temblorosa. Ella giró la cabeza, aún sin mirarme. Ni siquiera sonrió. Tampoco dijo nada. Sólo se fue. Ni siquiera se llevó al gato.

A partir de ese día, mis noches se llenaron de alcohol y melancolía. Yo sabía que jamás podría sentirme como cuando estaba con ella. Extrañaba tanto su olor, su cuerpo. Me gustaba tanto que incluso al verla llorar sentía mi carne endurecer. Hubiese podido besar y lamer todo su cuerpo, pero siempre fui muy frío.

Si Hadria supiera cuánta devoción sentía por ella, probablemente no me hubiera abandonado.
Poco después de que me dejó, conoció a otro hombre. Por supuesto que no me engañó, yo estaba seguro por varias razones: Hadria no tenía el corazón para hacerlo; ella no sabía mentir, y la más importante de todas, me dejó porque yo era una basura de hombre, porque la maltrataba cuando estaba estresado, porque desquitaba con ella mis inseguridades. Yo estaba seguro de que no me había sido infiel, pero de todas formas me sentía desplazado. Seguro aquel tipo era mucho mejor que yo, seguro él sí valoraba sus detalles, su pureza.

En alguna ocasión me los topé en una plaza comercial. Creo que no me vieron, traté de mantenerme fuera de su vista, pero los observé de lejos. Hadria se veía más feliz de lo que pudo verse alguna vez junto a mí. Me carcomía la frustración. ¿Pero qué podía hacer yo? ¿Obligarla a estar conmigo? Ya le había rogado demasiado en su tiempo. Ahora me tocaba superarla, pero no era tarea fácil. Claro que la terapia ayudaba; la ayuda psicológica fue algo que evadí mientras estuvimos casados, por mucho que ella me insistía. Muy tarde me di cuenta de que era necesaria. El psicólogo me enseñó que debía dejar ir, que debía soltar. Por eso los miré de lejos, aunque moría por acercarme a saludarla.
Aquel día, la frustración de no poder hablarle me orilló a comprar un canario para arrancarle la cabeza de una mordida. De alguna manera, me calmó los nervios.

Pronto el corredor de mi casa se convirtió en un cementerio de aves. Me alegraba ser un tipo solitario, así nadie preguntaría por qué la casa olía a animal muerto, así nadie notaría las plumas amarillas en los sillones y alfombras…

Me topé a Hadria un par de veces más en diversos lugares: el supermercado, algunos bares y restaurantes, también la vi caminando por el centro de la ciudad. Cada una de las veces que la vi, estaba acompañada de su prometido. Me enteré de que iban a casarse.
Aquel día me la topé, por primera vez la vi sola, recorriendo una plaza comercial que solía frecuentar. La vi entrar y salir de varias tiendas, y cada vez me acerqué más a ella. Salió de una perfumería con una pequeña bolsa blanca con rayas azules. Un discreto y hermoso anillo de compromiso adornaba uno de sus dedos.

Naturalmente, la noticia me destrozó. Cuando llegué a casa decapité un canario con los dientes, arrojé su cuerpo lejos de mí, y escupí su cabeza a mis pies. Luego me calmé; llamé a mi psicólogo y le dije que tenía que verlo. Como parte de la terapia, escribí una carta diciéndole a Hadria cómo me sentía, pues tenía mucho que expresar; ella no me permitió decirle nada más una vez que decidió marcharse. Tampoco es como que tuviera las agallas para hacerlo, pero esta carta me ayudó mucho a desahogarme. La escribí en una de las hojas de mi diario.

Querida Hadria:

Sé que fui malo contigo todos esos años, y asumo total responsabilidad de mis actos. A pesar de todo, siento que pudiste decirme que te estaba haciendo sufrir, pero mantuviste todo ese dolor dentro de tu corazón, y lo viviste en silencio. De haber sabido que estabas tan herida, créeme, hubiera cambiado. No pensé que significaran tanto los comentarios que hacía, o las cosas que no decía. Creía que con lo que te demostraba era suficiente. Yo sé que te he fallado, pero no soy un mal hombre, y espero que te quedes con las cosas buenas que pasamos. ¿No fueron más los momentos amenos y cargados de amor? Sé que sí, y también te conozco y sé que siempre te quedabas con lo malo. Sé que he hecho cosas malas, pero eres lo único bueno que he tenido en la vida. Eres hermosa, inteligente y valiosa, perdóname por no habértelo dicho nunca. Cada noche sueño contigo y aún huelo la botella de perfume que olvidaste en nuestra habitación. Me estoy convirtiendo en el hombre ideal para ti, estoy yendo a terapia, tal y como me lo pediste cuando estábamos juntos. Aún te extraño mucho, estoy escribiendo un diario; no soy muy constante en la escritura, pero cuando lo hago me siento mejor. Espero algún día ser digno de ti. Trabajaré mucho en mí para que esto suceda, para que podamos estar juntos de nuevo, porque sé que este no es el final de nuestra historia. Te juro que cambiaré, no soy malo, sólo estaba en un mal momento. No debí desquitarme contigo, yo te quiero mucho. Eres mi inspiración. Espero que algún día puedas perdonarme.

Estuve tentado a enviarle la carta una vez que terminé de escribirla; era una carta tan honesta y llena de amor, que quizá hubiese cambiado algo, pero me contuve. No quería molestarla más con mis sentimientos. Dejé el cuaderno en mi escritorio y me serví un trago de vodka que se convirtió en media botella. Ya estaba entrada la noche cuando alguien golpeó la puerta. Al abrirla, casi me caigo de espaldas: Hadria estaba ahí, en el umbral, usaba un abrigo color mostaza y unas botas negras que le llegaban a las rodillas. Me pidió que la dejara pasar. El gato se frotó en sus piernas, la echaba de menos tanto como yo.

Se quitó los guantes y el gorro que la cubrían del frío. Agitó su cabeza para que su melena se acomodara, y el olor que emanó de sus cabellos hizo que mi entrepierna palpitara. Sólo quería lanzarme hacia ella y hacerle el amor, pero yo ya era un hombre diferente al que había dejado, así que tendría paciencia y escucharía todo lo que tuviera que decir. Pero sólo se sentó y miró al vacío mientras jugaba con los guantes entre sus manos. Le dije que iría a la cocina a prepararle un té. No respondió. Cuando volví con dos tazas en una pequeña charola plateada (que nos regaló su abuela cuando nos casamos y que ella dejó aquí, junto con otras cosas), la encontré mirando mi diario. Con lágrimas en los ojos, lo dejó sobre el escritorio y se abalanzó a mí. El té se derramó en mi pecho, pero no importaba. Ahora estaríamos juntos, y el dolor ocasionado por las quemaduras era lo último en lo que pensaba.
La besé apasionadamente, y sin separar nuestros labios caminamos a la habitación. Ella no notó las plumas amarillas tiradas por todas partes, ignoró el olor a animal muerto que cubría el que fue nuestro hogar por casi cuatro años. Yo ignoré el anillo que llevaba en su dedo anular, ignoramos que su teléfono sonaba desesperadamente en la sala de estar, la llamada de “Mi amor”, su prometido, el hombre que la había tenido junto a él todo este tiempo. No quise evitar sentirme poderoso, no sentí ni un poco de pena por aquel desgraciado. Por más que deseaba arrancarle la ropa a mi mujer, fui gentil, lo hice despacio. Me coloqué entre sus piernas y le mostré lo mucho que la había extrañado. Mis manos alrededor de su cuello la llevaron al éxtasis. Al terminar los dos, dormimos juntos el resto de la noche.

5 de septiembre de 2018

Querido diario:

No puedo dejar de pensar en Hadria y en nuestro secreto. Estoy tan feliz que no puedo contener la alegría. A pesar de que todo marcha bien entre nosotros, ella no ha dejado a su prometido, y yo no puedo parar con la decapitación de canarios. Pero es que me hace sentir muy bien arrancarles la cabeza con los dientes, me ayuda a liberar la frustración de no decirle a nadie lo que sucede entre mi mujer y yo, de no poder reclamarla como mía. Tengo que aguantar más.

Cada noche, al llegar del trabajo, Hadria me esperaba ya en la habitación, y hacíamos el amor. Ella no decía una sola palabra, sólo me miraba. Debido a su silencio, había muchas cosas que no comprendía, había tanto que quería preguntarle, pero quise respetar su derecho a no decir nada. Además, me daba miedo presionarla demasiado y que volviera a irse.

13 de septiembre de 2018

Querido diario:

Creo que estoy perdiendo la cabeza. La casa despide un hedor insoportable a criatura muerta, y no puedo deshacerme de él. He buscado por todos los rincones algún cadáver de canario que pueda ocasionar el olor, pero no he encontrado nada. Mañana viene Hadria y tengo mucho miedo de que perciba el olor y se vaya, que se entere de mi adicción, de mi escape a la frustración.

Después de días de buscar y buscar, encontré detrás de un mueble el cadáver del gato cubierto de gusanos. Suspiré. A Hadria no le gustaría la noticia. Reemplazar al gato no sería tan fácil como reemplazar los canarios del jardín de mamá, así que, después de tirar el cuerpo en un contenedor comunitario de basura, opté por decirle a mi mujer que el gato se había escapado. Tenía tanto miedo de que no me creyera; la casa seguía oliendo a muerto.

15 de septiembre de 2018

Querido diario:

Esperé a Hadria toda la noche, pero no llegó a casa. Temo que me haya abandonado. No pudo darse cuenta de lo que le sucedió a nuestro gato, ¿o sí? Me carcome la duda. La casa sigue oliendo a muerto, he arrancado las cabezas de diez canarios, pero no logro encontrar consuelo. No he querido llamarla, pero creo que tendré que hacerlo, ojalá no le ocasione problemas…

Tecleé su número desde el teléfono que estaba en la cocina. Retorcí el cable del auricular con mis dedos temblorosos. Un sonido familiar proveniente de la sala de estar llamó mi atención. Era un sonido muy tenue, muy débil… era el teléfono de Hadria debajo del sillón. Confundido, lo levanté de donde estaba y lo revisé. Tenía muchas llamadas perdidas de su prometido. Necesitaba desahogar mi consternación y me senté a mi escritorio para escribir en mi diario, esperaba encontrar una solución o idear un plan para buscarla. Estaba preocupado. Al abrir el cuaderno, me encontré con una página que escribí la semana pasada.

8 de septiembre de 2018

Querido diario:

Hadria y yo hicimos el amor esta noche. Disfruté beso a beso cada parte de su cuerpo. Nuestra cama se empapó del sudor de su espalda y, desde aquella madrugada en que volvió a mis brazos, aprisioné su cuello entre mis manos, y con ello llegamos al éxtasis. Creo que lo hice demasiado fuerte. Cerró los ojos y no despertó. Escribo estas líneas con la esperanza de encontrar una solución. La casa está cubierta de plumas y cabezas de canario cercenadas. Sé cuál es mi destino, pero me niego rotundamente a aceptarlo. Es mi fin.

Alguien golpeó la puerta, el sonido interrumpió mi lectura. Faltaban varias páginas, pero dejé el cuaderno a un lado. Por la mirilla vi la silueta oscura de un hombre. No tenía caso ocultarme, las luces encendidas delataban mi presencia. Pero tampoco abrí la puerta. Yo sabía que el sujeto que esperaba detrás era su prometido; no tenía por qué darle explicaciones. Lo dejé que siguiera golpeando mientras yo buscaba el cuerpo de Hadria. La encontré desnuda, atada de pies y manos en el clóset. Su piel era azul con manchas verdes y moradas, y una expresión de horror se asomaba entre la neblina que cubría sus córneas. Entre sus dientes, una mordaza blanca salpicada de sangre. La impresión me hizo caer de espaldas, me arrastré, aterrorizado, hacia la sala de estar. El sujeto en la puerta la derribó de una patada. En cuanto me vio, se abalanzó a mí y me golpeó hasta cansarse. ¡Vaya salvaje!

Me dejó tirado en el suelo, sin fuerzas para levantarme. Tenía la visión borrosa, pero alcancé a verlo correr hacia la habitación. Un grito desgarrador invadió el aire.

En la mesa de centro, antes de que todo se volviera oscuro, pude ver una bolsa pequeña color blanco con rayas azules, rodeada de plumas de canario. Y cerré mis ojos para no abrirlos jamás.