martes, 5 de diciembre de 2017

Nido de cuervos.




Acercándose el arribo del invierno, salí de casa a medianoche. Me quedé en el porche mirando el cielo negro y las estrellas. No recordaba desde cuándo no me detenía a mirarlas, siendo que antaño era de mis actividades preferidas. De observarlas tan seguido que podía toparme estrellas fugaces decenas de veces, pasé a olvidar cómo se sentía perderme en su inmensidad.
Lo que pasó conmigo es que me metí a un nido de cuervos siendo una paloma inocente. Y luego de ocho meses de vivir enclaustrada en ese nido sin ventanas ni luz ni nada, decidí salir un momento. Con las alas un poco heridas por los picotazos de los negros y crueles cuervos, decidí mirar. Las estrellas se veían como siempre, y las constelaciones seguían ahí y a nadie allá arriba le importaba si me aparecía por ahí para verlas o no. ¿Dónde reside la importancia de vivir, de volar, de mirar el cielo, de sentir, solo sentir? No recuerdo cómo llegué al nido, pero sabía que era mi único hogar. Sabía que no podría ser comprendida ni mucho menos querida en ese lugar, que era solo un refugio del mundo, un sitio frío y oscuro, y duro, y que raspa en todas partes el solo respirar ahí. Y también estaba consciente, y tristemente consciente de que nadie llegaría para sacarme de ahí. Estaba tan plenamente consciente de que no nací para ser salvada, ni para ser plena, ni para estar contenta. Que nací para buscar ramitas para el nido de cuervos que me alimenta.
Y que, tarde o temprano, me sacarán los ojos.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Lvzbel

Un invierno sin frío, una primavera sin flores. El remordimiento grabado en las pupilas. Ronquidos molestos que no dejan dormir. Quemaduras intencionales hechas con hielo y sal que ahora pican y no importa cuánto pueda rascar.
Un amor sepultado, pero latente. Se asoma una pequeña luz de entre los montones de tierra que lo cubren. Es tan cálido que al ocultarlo intenta salir incluso por las palmas de mis manos. Están ardiendo. El aire que respiro es tan caliente que lastima mi garganta y pulmones. Se llena mi pecho de contradicciones y al final se vacía sepultando todo de una sola vez.
Mis pies emanan calidez también. Me pregunto rápidamente si no tengo fiebre. Son las 303 horas y la comezón no deja dormir, pero abrazar un trozo de felpa es suficiente consuelo para un pecho vacío y un corazón sepultado.
Casi sesenta días pasaron, y el dolor apenas se asoma. No me apetece dejarlo entrar, pero se cuela en ocasiones.
Me duele pensar en ti. En el recorrido para llegar a tu casa. En tu sonrisa al verme y en la enormidad de tus manos. Me había negado a mí misma el placer o la desgracia que trae consigo el sentir. Me negué el privilegio y me ahorré la molestia. No soy buena en pretender, ocultar mis sentimientos no es lo mío. Pero ingenuamente pensé que estaría bien; que no me dolerías más, que me habías dolido bastante ya, que había llegado al límite, pero jamás toqué fondo. Desprenderme de ti fue tan fácil que incluso me olió a burla. Me importabas tan poco y me hacías falta nula. Un sabio amigo me dijo que quizá encontré razones más sensatas y buenas para sentirme bien.
Saber que tuviste miedo de seguir amándome es algo que mantiene ese trocito de mi corazón latiendo por ti, incluso cuando prefiero invertirme a mí misma en algo que sí me dará un beneficio. Esa cobardía, ese amor por tu zona de confort me aferraron a escondidas. Yo no quería. La necesidad vuelve y no es buena señal. Jamás quise necesitar de ti, me da pavor pensar que aún después de todo, mi corazón tenga la capacidad suficiente de seguir amándote. Solo le dejé espacio para mí, para mis gatos, para mi madre. Tú no vas dentro.
¿Por qué te quiero? Después de meses. ¿Se mantendrá con el pasar de los años? Me rehúso a pensar que me olvidas. Yo no te olvido.
Pero ya no cabes. Pensar en ti en esa forma hace que todo se desborde. No hay espacio para ti. Deberé dejar que las memorias te sepulten otra vez, y recordar para la próxima ya no enamorarme tanto.

viernes, 21 de abril de 2017

Soliloquio de Histeria.

Tengo una lista de cosas por comprar el próximo jueves. No sé si mi capital sea suficiente para costearlas. Una botella de whisky, tinte de color azul, sombra para ojos; quizá algo de ropa interior, chocolates. Un espejo circular para mirarme en él y preguntarme quién me dañó tanto.
Quizá nadie; quizá fui yo. Quizá fue la esperanza, el arma más peligrosa, letal y poderosa de todas. Uno nunca sabe cómo usar algo tal como la fe, pero, por lo general, solemos enfocarla en casos perdidos, en causas que únicamente traerán consigo la decepción y el desasosiego. La gente no sabe amar; en ocasiones, solo es miedo de.
Vivo cada día repitiéndome a mí misma que no espere nada de nadie; ni siquiera de mis gatos y el rozar de sus cabezas, ni siquiera del chofer del autobús que se detenga… Nada. Simplemente nada. Pero más terca no pude haber nacido. Espero y tengo fe en todos, en todo, menos en mí y en lo que hago. Me la paso repitiéndome a mí misma, ¿qué pasaría si…? Y me rezago. Me quedo veinte minutos en la salida, esperando a una persona que sé de antemano, no volverá conmigo del trabajo. Espero que alguien realmente se acerque y me muestre afecto, me pregunte cómo estoy, note qué está pasando. Espero que el hombre que me atrae, me envíe un mensaje. Vivo esperando que aquel otro sujeto al que aún niego amar, lea las interminables cartas que le escribí.
Pero no hay nada. No hay mensajes, ni salidas después del turno de noche en mi empleo, no hay preguntas sinceras y sin morbo, los sobres siguen cerrados. Y yo sigo esperando.
Me pregunto qué tan vana y vacía podría llegar a ser si dejase mi fe a un lado. ¿Será que mi esperanza es lo que me mantiene atada a este mundo, a esta vida? Sentarme a escribir frente al monitor a las cuatro de la mañana, ¿es aferrarme o tener fe? Esperar, morir acaso, soñar, ¿me siento Hamlet? Es curioso, el suicida shakespeariano es mi personaje preferido, al menos, entre todas las tragedias.
¿Qué tan solos estamos? ¿Es normal sentirse abandonado? Mirar a una multitud de personas entrar y salir de los comercios, de las estancias, de los sitios de ocio. Analizar la sociedad y comprenderla, a menudo, nos hace sentir antipatía por la misma. Ridiculizar el comportamiento y la existencia humana, repudiarla y quitarle el sentido de la misma manera en que el significado de una palabra se pierde cuando la leemos muchas veces. Como escuchar tanto una canción, que se vuelve cansina, aburrida, jaquecosa. Molesta.
Así se siente la vida, cuando la sientes demasiado. Decepciones, caídas, fallos, desesperanza repitiéndose tanto, que hastía. Deja de doler, solo molesta, enfada.
Da jaqueca.
No quieres continuar. Pero ahí sigues, ¿qué te ata?, ¿qué hace que siga con esto?

¿Aferramiento, o esperanza?

martes, 18 de abril de 2017

Azul.

Buscando entre mis enredados pensamientos me pregunté cuándo fue la última vez que me dediqué un par de letras a mí misma. La última vez que me di cariño con palabras escritas, la última vez en que fui mi propia musa.
Son contadas las veces en que he escrito algo que me involucre solo a mí; y las ocasiones en que esto ha sucedido, no son más que tragedias y demás desventuras transformadas en oraciones con palabras bonitas y complejas.
Ha pasado tanto desde la última vez en que respiré tranquilamente. No podría siquiera calcular la cantidad de tiempo que ha transcurrido desde que me sentí plena y feliz. Yo diría que a los quince o dieciséis, pero, ¿realmente fue así? ¿De verdad era feliz o simplemente no tenía problemas? Y justo ahora, ¿los tengo?
No puedo ver.
Soy un cúmulo de nervios, de carne asfixiándose, de manos pintadas de azul, suplicando por un poco de aire. Se me escurren las lágrimas al ducharme, pero la razón de mi llanto se ha tornado en un misterio. ¿Por qué vivo? ¿Por qué lloro? ¿Por qué siempre estoy tan triste?
El azul nunca fue mi color predilecto, quizá será porque siempre fui una mujer tristona y los matices tristes no me ayudaban. ¿Será cierto que el azul es sinónimo de tristeza, nostalgia y melancolía? “Las habitaciones tapizadas de azul parecen más espaciosas, pero también vacías y frías”, llegó a decir Goethe. ¿Será que mi cuerpo y mi alma son azules? Tienen mucho espacio para albergar amores, amistades, lazos fraternos y demás vínculos, pero todo es tan frío y vacío que nada ni nadie tiene el valor suficiente como para quedarse.
Soy una habitación fría y vacía. Me asfixio, no veo, no respiro, ya no siento.

Me congelo.

lunes, 17 de abril de 2017

No dejé de amarte

       Seis de abril. Por la mañana desperté y todo seguía igual. Mi cama, mi casa, las calles, la gente. todo seguía su curso. Mis amigos, mi familia, mis gatos...

       No dejé de amarte, la prueba es este escrito. Todavía ocupas una parte de mis pensamientos, aunque a veces no me doy cuenta. Es desastroso rememorar, por lo tanto mi propia mente lo prohíbe en ocasiones.

       No pienso demasiado en ti, mi corazón dejó atrás el nosotros al que tanto me aferraba. Creí que tú eras mi fuente de luz, pero era yo misma quien me alumbraba. No te necesito, mas no dejé de amarte, gran parte de mi alma todavía lleva tu estandarte. Pero no hay tristeza ni dolor en mis acciones, tampoco apagué mis emociones.

       Un anciano me pregunta a diario que si me dedico a vender sonrisas; yo le digo que las regalo. Sonrío y vivo porque antes y después de ti no es muy distinto. Los autobuses y los coches, transeúntes y demás entidades aún circulan. Me siento tranquila y libre a pesar de que no deseaba salir de mi jaula.
     
        No dejé de amarte, pero sí dejé de depositar vanas esperanzas en ti. Nada ha cambiado, solo mi manera de verte, querido.

        No dejé de amarte, pero te has ido.


domingo, 2 de abril de 2017

Ángel merodeador.

Me enamoré de una consciencia, de una voz imponente que susurró a mis oídos y me hizo olvidar todo; fue como si en los adentros de su ser, se escondiese el fortuito menester de mirar; de mirar a la existencia corpórea que se escondía detrás de los mantos de discernimiento.

El dulce susurro me acompañó al despertar y al amanecer en forma de unos y ceros convertidos en él; y el menester se tornó en un inexplicable temor por el día en que descubriese lo que antaño ignoré. No tenía importancia, pero de pronto apareció. Pude verlo en su punto más vulnerable y por un instante me convertí en la voz que más tarde me calmaría.

La cúspide se tornó tan cercana al verlo descansar en ella, y al marcharse y lanzarme un beso con la mano, fue como si simplemente se alejara.

Porque aquella hermosa consciencia, aquella dulce voz, aquel que purificó mis oídos y mi corazón, estaba demasiado lejos de mi alcance. No importaría qué tanto intentase acercarme a la cúspide.

Tendría que conformarme con escucharlo hablarme desde arriba.


miércoles, 8 de febrero de 2017

Estigma.

      De mi padre solo me queda una guitarra. De ti, una diadema, un conejo de felpa y recuerdos. Fue de ti y no de él de quien aprendí que las personas no cambian, y que no importa cuánto amor exista entre dos almas: no es suficiente. A menudo me embarga un olor a flores, como a aquellos estigmatizados que reciben su advertencia antes de que sus manos comiencen a sangrar. Y el aire es tan amargo y denso, que se podría cortar como un cuenco de leche cuajada. Huele a flores cuando mi estigma se acerca. Palabra a palabra voy tejiendo nuestro inminente final. Quién diría que la escritura marcaría nuestra fecha de caducidad. Se corta el aire, huele a flores y escribo; llegará un momento en que jugar a la princesa y el cazador se haya quedado en el olvido. Mas procuro con cada punto, coma y espacio plasmar tu esencia y lo que pudo haber sido. Me pregunto cuánto durará tu olor en el conejo de felpa, y cuánto tiempo habré de estigmatizarme después del amargo final.
      Puede que mis mejillas y mis manos estén frías, pero mi pecho siempre estará cálido tan solo para acogerte. Y sin importar cuántas veces intentaste alejarme, se mantuvo firme y leal ante ti. Un corazón que emana un olor a flores cuando está a punto de sangrar, ha esperado por ti muchas veces. No me atrevería a decir que le fallaste. Hablar de tiempo y fechas de caducidad trastorna mis sentidos y me hace titubear, no obstante, mi mente siempre encuentra la forma de recordarme que esto tiene un final. Y que el olor a flores y la escritura y cada coma y espacio y punto y sangre y lágrima, al final, no será nada. Pero... si me preguntasen si volvería a vivir mi historia contigo, aun después de todo, diría sin dudar que sí. Lo repetiría infinidad de veces sin cansarme, y no sé si eso sea lo más patético de este estigma. 
      Si decidiera morir hoy, me escondería en el clóset de mi habitación, y me pregunto qué tanto tardaría el mundo en notar mi ausencia y hallar mi cadáver pendiente del talí de la guitarra que me dio papá. Mamá siempre vio mis necesidades como una mentira para llamar la atención: la miopía, el asma y la ansiedad. No fue hasta que el problema se agravó que decidió tomar acciones; pero mis ojos ya estaban dañados permanentemente, mis pulmones débiles y secos como dos pasas, y mi ansiedad tan descontrolada que incluso síntomas esquizoides llegué a padecer. ¿Qué hará si le hablo hoy del olor a flores y de los sentimientos tan azules que embargan mis días desde los dieciséis? ¿Qué le diré cuando me pregunte por qué no vienes más a visitarme? 
      Las personas con estigmas sangran de palmas y frente, cual si clavos y espinas se clavasen en sus pieles. Pero yo que sangro del corazón, ¿quién me ve? ¿quién me cree? Solo se siente. Ver objetos punzantes no ayuda cuando los gritos invaden la sala. Tu voz es tan serena que de verdad me da gusto escucharla. Jamás te atrevas a culparte por lo que quieres y me has pedido. No es tu culpa que algunos corazones con estigmas se aferren más al amor que a la vida. Las personas como yo no tenemos cosas reales a las cuales aferrarnos, pues vivimos en un sueño y nos da terror despertarnos. Solo hay metas y objetivos banales que se desvanecen con los años. Nada real, nada cercano a desear algo. Vivimos con un estigma imaginario, con heridas y dolores que nadie más ve, quizá sea a eso a lo que debamos aferrarnos. Y el olor a flores que da aviso es nuestra carga y salvación.