lunes, 10 de noviembre de 2025

Monstruo rosa pastel

 


Llego a casa después de un arduo día de trabajo. Coloco a mi nueva víctima en el suelo de la ducha. Es pesada. No tiene caso ser gentil a la hora de arrastrarla. Su cráneo hace un ruido seco al golpearse con la base del inodoro. Da igual, está sedada.

Ser la novia tímida, amable y tierna tiene sus ventajas. Nadie sospecha de un inocente capuchino de vainilla. No es culpa mía que las cosas sucedan de esta manera. No es culpa mía que la sangre me hierva al ver cómo bellas mujeres intentan cazar a mi hombre. No es culpa mía que él sea tan distraído como para no percatarse del nauseabundo y asqueroso flirteo de esas mujeres indignas. Tengo que hacer algo, ¿no lo harías también?

Pobre pelirroja teñida. Tus ojos impuros jamás volverán a ver su sonrisa. Tomo mi espátula especial para extraerlos; un nervio juguetón me salpica el rostro de sangre. Sonrío. Por mucho que practique, no puedo hacerlo perfecto. Mis ganas de destrozar son más grandes que cualquier cosa.

Nunca debiste tocarlo. Es difícil cercenar manos con una sierra que ha perdido el filo por el uso. Voy a paso lento; hago una nota mental, conseguir otra sierraA este punto, la ducha está cubierta de sangre. Las paredes están salpicadas. Comienzas a despertar del sedante, te quejas débilmente.

Seguro has perdido mucha sangre. Lo lamento…

Suspiro pesadamente. Dejo la sierra a un lado. La culpa me inunda. Escucho unas llaves bailoteando en la entrada principal, ¿tan rápido se hizo de noche? Sus pasos por la estancia hacen un eco que me taladra los oídos. La sierra cae de mis manos.

Bebé, ¿estás ahí?, lo escucho decir. Es demasiado tarde para esconder y limpiar todo. Él abre la puerta del baño. Me encuentra en el suelo junto a aquella chica que él apenas conoce. Sonríe.

Mi vida, ¿de nuevo?, pregunta, su voz cargada de ternura. No puedo sostenerle la mirada. Asiento con la cabeza, miro hacia abajo con vergüenza. La pelirroja se queja un poco más fuerte que la última vez. Me estremezco, pienso que, tal vez, si la ayudamos, ella pueda sobrevivir…

Mi amado toma la sierra y la ayuda a descansar. Ya no hubiese resistido, explica mientras deja el arma caer. El sonido del metal contra el mármol es estridente. Me estremezco de nuevo, él me abraza.

Soy un monstruo, digo.

¿Un monstruo?, pregunta fingiendo confusión. No puedes ser un monstruo. Besa mis mejillas ensangrentadas. Halaga el rubor natural en ellas. Me dice que soy rosa pastel. Promete limpiar el desastre del baño y llevar a la chica a la fosa donde están todas las demás.


miércoles, 21 de mayo de 2025

Piel robada

I

Recargada en el cristal del autobús, Roberta aspiró y cubrió de vaho la ventanilla. Con el dedo índice garabateó antes de que su aliento se escurriera y desdibujara el rastro de su yema. Prestó atención al reflejo de la persona que se estaba sentando en el asiento de al lado: una mujer de piel morena, seca, acartonada; usaba pulseras tejidas de varios colores en ambos brazos; los rizados cabellos le dificultaron la tarea de ponerse un cubrebocas del mismo color que sus ojos vacíos y negros. Los anteojos se cubrieron de vaho al exhalar. Roberta se imaginó a sí misma garabateando en las micas de aquellos lentes. La mujer bajó un poco el cubrebocas para dejar salir el aire y los cristales se aclararon. A pesar de no ver la mitad de su rostro, Roberta supo que la mujer le sonreía, así que le sonrió de vuelta. Se presentó como Rebeca.

II

Rebeca trató de mirarse en el espejo. No era la oscuridad de la habitación la que le impedía verse, más bien, el vacío de sus ojos no percibía rasgo alguno en su imagen; reconocía su proyección frente a ella, pero no distinguía la nariz, los dedos que tocaban con torpeza los rizos que no existían, la piel áspera que no se reflejaba. Rodeó su cuerpo con una serie de luces navideñas que encontró en el armario. Al encenderlas, una luz púrpura iluminó tenuemente su silueta, pero seguía sin distinguir sus facciones. Colocó un tripié con cámara frente a ella, se retiró unos pasos y tropezó con el cable de las luces. Casi cayó de espaldas. Se preguntó qué habría hecho Roberta en esa situación. Probablemente, ella se habría reído. Así que Rebeca se echó a reír.

III

Aquellos ojos que no reconocían a su portadora miraban casi hipnotizados la nariz afilada, las pestañas cargadas de rímel y los labios color vino de Roberta. Y ella miraba los autorretratos con destellos purpúreos rodeados de una oscuridad inquietante. La oscuridad que manaba de ellos no venía propiamente de la falta de luz de la habitación, sino de la mirada de Rebeca, sin brillo ni emoción alguna; parecían ser los de un cadáver al que todavía no le cierran los ojos. Roberta se ofreció a retocar las imágenes para darles un toque más profesional. Agradecida, Rebeca se quitó una de las tantas pulseras que usaba y se la extendió.

IV

Al verse en el espejo, Rebeca palpó su nariz. Casi pudo ver frente a ella la silueta.

V

Tuvo que salir de la regadera y ponerse la ropa con el cuerpo remojado y los cabellos escurriendo. Abrió la puerta, apresurada. Llevaban un buen rato golpeando. Se encontró con un repartidor que le entregó un paquete sellado. Firmó de recibido y se sentó en el sillón. Roberta lo miró desconcertada y por su mente pasó un sinfín de posibilidades: ¿Una bomba? ¿Arma biológica? ¿La cabeza de alguien? ¿Un animal muerto? El paquete en cuestión era pesado, y su nombre completo rotulado en la etiqueta. Con la uña partió la cinta adhesiva. Se encontró con una dotación completa de dulces tradicionales de su ciudad natal. Sacó un ate de guayaba y lo olió. Un pitido molesto proveniente de su teléfono interrumpió el momento: “¿Ya recibiste el paquete?”, decía un mensaje de Rebeca. Roberta le respondió con otra pregunta: “¿Tú lo enviaste?”. “¡Por supuesto! Eres tan buena amiga”, fue lo que contestó Rebeca, casi de inmediato, como si esperara esa reacción. Roberta dejó el teléfono a un lado, de su mente escaparon todas las palabras. Miró la caja abierta frente a ella y se quedó pensando en qué momento Rebeca averiguó su domicilio.

VI

Rebeca volvió imposible que se hablara del tema. Cada que Roberta intentaba traerlo a colación, ocurría algo: un ataque de tos, un dolor de espalda insoportable, un objeto atorado en la garganta, una torcedura en el tobillo.

VII

Al entrar al departamento de Rebeca, Roberta quedó impresionada con la cantidad de libros que cubrían las paredes. Por más luces encendidas que hubiera, el lugar seguía siendo sombrío. “Todo el tiempo he leído, pero nunca he mostrado a nadie lo que tengo que decir”, mencionó Rebeca. De su bolso, Roberta sacó cinco libros muy gordos y se los extendió. “Toma, son para ti. Puedes lograr esto y más si te atreves a alzar la voz. Te ayudaré en lo que pueda”, le dijo. Rebeca los tomó y leyó los títulos. La autora de aquellos ejemplares era Roberta. Se quitó una pulsera y se la puso. “No encuentro otra forma de agradecerte. Te regalaré también algunos libros”.

VIII

Por la noche, Roberta se quedó dormida en el sillón. Rebeca acarició el fino rostro apiñonado y pecoso, el suave y lacio cabello castaño. La dejó ahí y se encerró en su cuarto. De un mueble sacó una bolsa resellable con una peluca cuidadosamente guardada. Era lacia y larga, de color castaño, como el cabello de Roberta. Se la puso y se miró al espejo. Entre las sombras distinguió el asomo de una sonrisa color vino.

IX

Con el pasar de los días, Roberta notó su cabello oscurecerse. El castaño con destellos dorados que resplandecían con el sol se hacía cada vez más opaco. La llegada de los treinta quizá la había acercado al destino de las canas, pero su cabello parecía más azabache que grisáceo.

X

La reverberación del gemido de Roberta lo llevó al orgasmo. La arrojó al colchón y se lanzó sediento a la humedad de entre sus piernas. Hundió la barba y los labios en la carne suave y resbalosa de su amada, hundió los dedos en las enormes nalgas, para acercarla más a él. Se moría de sed. La voz de Roberta y sus finas manos jalándole el cabello para pegarlo a su vulva lo condujeron a un segundo orgasmo. Vladimir se dejó caer sobre el vientre de Roberta. Jugueteó con las pulseras que tenía puestas y le preguntó por qué nunca se las quitaba. “El nudo está muy apretado, no he podido desatarlo desde que Rebeca me las puso”.

XI

Cubiertas de rímel, las pestañas eran fácilmente reconocibles frente al espejo. Rebeca las tupió hasta sentirlas pesadas y se puso el labial rojo vino con cuidado de no manchar sus dientes. Notó sus mechones un poco más claros y menos rizados. De todas formas, se hizo el cabello en un moño, se puso una red y su peluca favorita. Por la tarde continuó escribiendo su última creación: El retorno del zorro. Sus letras salían de su mente con más soltura, y las observaciones de Roberta eran cada día menos severas. Pero lo mejor de todo era la expresión de inquietud en su mirada conforme avanzaba en la revisión.

XII

A medida que sus brazos se iban liberando de pulseras, la gente comenzó a confundirla con Roberta cuando paseaba por la calle. A veces, le pedían autógrafos o fotografías. Apenada, declinaba y se presentaba como Rebeca, escritora de fantasía juvenil. “¿Ha publicado algún libro?”, le preguntaban los fanáticos de Roberta. Ella negaba con la cabeza, y dentro de su pecho se cocinaba lentamente un odio hacia la mujer que lo tenía todo, mientras ella no tenía nada.

XIII

Roberta se paró frente al espejo. Su piel perdía más brillo con el pasar del tiempo, se sentía áspera y apagada. Su cabello estaba maltratado, crespo, negro. Si fuera posible contar las pecas en su rostro, estaría segura de que le faltaban varias. No solo su piel se había apagado. También sus ganas de escribir, de salir de casa. No quería que nadie la viera de esa forma.

XIV

Vladimir llamó todos los días, pero no obtuvo respuesta de su amada.

XV

Rebeca salió con paso seguro rumbo a la editorial que publicaba la serie de libros Los ojos de Edipo de Roberta Márquez. El editor en jefe, Vladimir Palacios la recibió con sorpresa. Le preguntó si sabía algo de Roberta. “Está algo deprimida”, respondió Rebeca. “Ten un poco de paciencia”. Vladimir tomó la memoria USB con los manuscritos Entre tinieblas, Las torres de cerezo y El retorno del zorro de R. B. Ortiz. Dio un rápido vistazo al primero y notó una escritura de principiante: errores de ortografía, personajes planos, trama predecible. Abandonó la lectura a los pocos minutos ante la mirada expectante de Rebeca. Abrió el siguiente archivo y notó una pequeña mejora. “Roberta ha intervenido con algunas correcciones”, comentó Rebeca, que espió discretamente en la pantalla de Vladimir. Él asintió sin mirarla y siguió leyendo; si bien estaba mejor redactado, la trama seguía sin ser atrapante, los personajes no tenían profundidad y las atmósferas no estaban bien construidas. Después de leer algunos fragmentos cerró el archivo y abrió el último. Con El retorno del zorro Vladimir se sumergió tanto en la lectura que no pudo detenerse. Era como si la misma Roberta lo hubiera escrito. Salió del trance cuando un rayo de sol se coló por las persianas e iluminó el cabello de Rebeca; los destellos dorados en su cabello castaño y lacio captaron la atención de Vladimir, recordó que estaba acompañado y por un segundo la confundió con Roberta, la miró como la miraba a ella. Rebeca sonrió. Por primera vez alguien la había mirado con amor.

XVI

La puerta de entrada rechinó, pero Roberta se mantuvo hecha un ovillo en un rincón de su habitación. Los pasos de Rebeca resonaron en el suelo de madera, Roberta la escuchó acercarse a ella cada vez más. En el umbral de la puerta se encontró con su propia imagen, pero algo no cuadraba: tenía unos ojos negros, vacíos.

XVII

¿En qué momento se llenó su pared de libros? ¿Y su casa se volvió sombría?

XVIII

Se mojó la cara en el lavabo del baño. Desde sus muñecas, mojando las pulseras coloridas hasta llegar a los codos escurrió el agua gris. Las uñas, antes almendradas con una bien cuidada manicura, se ciñeron mugrientas y quebradizas a la áspera piel de sus mejillas. Fregó con el jabón en barra cubierto de cabellos rizados y negros hasta que su rostro quedó limpio. Luego, se miró al espejo. La proyección no mostraba a Roberta, sino a Rebeca. Cerró la llave, pero no lo suficiente, y un goteo se mantuvo haciendo un sonsonete que la hacía sentir un poco menos sola.

XIX

Rebeca se deshizo de su última pulsera. La ató con varios nudos a la muñeca de Roberta. Antes de despedirse de ella, le dio un beso en la coronilla y le agradeció por ser tan buena amiga. Se quitó los anteojos; las uñas perfectas y almendradas se enredaron en el cabello rizado, negro y crespo de Roberta al acomodarle los anteojos. “Pero nunca he necesitado usar…”, objetó. “Cada vez empeora más tu vista, ¿no es así?”, respondió Rebeca, y continuó: “Ya me tengo que ir, querida. Tengo un evento importante y no puedo llegar tarde”.

XX

El retorno del zorro, libro de Roberta Márquez fue presentado esa noche.


martes, 28 de enero de 2025

PODCAST

Con cariño, para Vilma Naranjo y Jorge Olivares

Un olor penetrante a gas natural solía invadir los pasillos del edificio durante varios días. Entre todos los vecinos, revisábamos las tuberías y los tanques para descartar alguna fuga. Todo parecía estar en orden. Después de un tiempo, el olor se iba, pero siempre regresaba. Por lo general, yo me daba cuenta primero que todos. Desde la ventana de la cocina, cuando me ponía a lavar los trastes mientras escuchaba mi podcast favorito, llegaba el tufazo a gas.

A decir verdad, disfruto mucho de hacer mis actividades mientras tengo sonido de fondo. Soy un sujeto tranquilo y sensible, pero escuchar a expertos discutir casos de asesinos en serie es casi relajante para mí. Durante un buen tiempo, me enamoré del podcast donde un médico forense discutía sobre estos temas con una agradable anfitriona, que, curiosamente, era mi vecina de a lado. Jamás crucé palabra con ella mientras vivió en mi edificio, pero me imagino que estaba enterada de mi fascinación al podcast. En ocasiones, pasaba por afuera de mi departamento cuando yo lavaba los trastes con su programa de fondo, y era sencillo escuchar lo que ocurría dentro de mi casa.

En ocasiones, cuando la anfitriona hacía preguntas, el doctor se guardaba la respuesta, pues “podría dar ideas a la gente equivocada”. Esto siempre me dejaba con la ávida curiosidad de saber lo que pudo haber explicado. Después de tiempo supe que aquellos temas sensibles, el doctor los discutía a solas con la anfitriona. En un programa, mencionó que el olor a putrefacción del cuerpo humano se solía confundir con el del gas natural. Algo hizo click dentro de mí. Hice una denuncia anónima, y a los pocos días, todos en el edificio nos enteramos del origen del misterioso olor en mi edificio al ver las patrullas y camionetas del servicio forense afuera. Sacaron bolsas y bolsas de cadáveres de la casa de mi vecina.

Me quedé triste porque, naturalmente, los podcasts de este canal dejaron de transmitirse, y tiempo después YouTube tumbó el canal. Lo último que supe del apasionado médico, fue que se deslindó públicamente de las acciones de la anfitriona. En definitiva, hay que cuidar que la información no llegue a la gente equivocada.


martes, 17 de diciembre de 2024

Miztitōca

La fascinación de Nezach Quiróx por investigar la ciudad de Salomón El Grande nació de un hecho trágico: la desaparición de personas de forma misteriosa. El fenómeno se originó en este lugar, pero luego desaparecieron personas de todo Neométzico allí, después de diversos lugares del continente afroamericano. Nezach, oriundo del Horizonte Maya al sur de Neométzico, desde los dieciséis años se mudó a Salomón el Grande para investigar las desapariciones. Su sueño era convertirse en un criminólogo reconocido, pero con el pasar del tiempo, y al notar que aquello no era producto de algún asesino en serie o crimen organizado, se ha abierto paso al terreno de la arqueología; decía que algo «más allá» de lo humanamente posible estaba propiciando que a la gente se la «tragara la tierra», y la mejor forma de investigarlo es a través de las raíces de aquel lugar.

Se dice que en Neométzico existieron múltiples culturas que hablaban lenguas que las personas de estos tiempos no alcanzaron a conocer. La única que permanece hasta nuestros días es el náhuatl, que es la lengua principal en el país, después del espanglés. A lo largo y ancho del país, se han encontrado vestigios maravillosos, como pirámides que ahora se encuentran cubiertas de tierra y se han convertido en montañas y cerros con formas interesantes.

Salomón —el nombre corto de esta emblemática ciudad— es milenaria, de las más avanzadas de Afroamérica; existe desde antes de que el continente se fusionara, cuando América y África estaban aún separados por el gran Océano Atlántico. Y a pesar del avance tecnológico del lugar, preserva muchos elementos de su antigua cultura. Salomón es también la ciudad más grande y antigua de Afroamérica, y una de las más viejas del mundo.

Nezach exploró muchas teorías para dar explicación a las desapariciones, incluso pensó que una secta estaba detrás de ello, pero al final solo se les atribuyeron ciertos asesinatos en masa en otros lugares. Cuando puso un pie en el Mercado de las Luces por primera vez, se dio cuenta de que la respuesta estaba en ese lugar.

Al acercarse la víspera de Navidad, las calles del centro de Salomón se abarrotan y dan la bienvenida al mercado. Es conocido desde Afroamérica hasta Eurasia, que se encuentra del otro lado del planeta, y muchas personas de ahí atraviesan el Océano Proto-Índico para conseguir algún producto que solo se encuentra en el Mercado de las Luces.

El nombre se le dio porque venden una gran variedad de luces navideñas, desde los arcaicos focos LED hasta series de luces de antifotones. Sin embargo, y el motivo por el cual Nezach adora este mercado, es por un área bien escondida en donde los pocos descendientes de los antiguos aztecas venden sustancias mágicas, plantas medicinales milenarias, fósiles de animales extintos, algunas partes disecadas, y antigüedades de lo que antes fue llamado México, un país con menos territorio que el actual Neométzico. Allí se reúnen los mejores brujos o «xamanes» del mundo, y no se les puede encontrar en otro lugar ni en otra época del año, más que en esa. Tampoco reciben a cualquier persona. Para Nezach es sorprendente el hecho de que sobrevivan tanto tiempo sin un ingreso, sin vivir en sociedad, y atendiendo solo a un par de personas al año. En un inicio creyó que cobraban cantidades exuberantes de dinero para cumplir las encomiendas de sus escasos clientes. Sin embargo, tan solo de la venta de sus productos es suficiente para mantenerse. Él, un adicto a las compras de este tipo, lo sabe mejor que nadie. Sus carritos de compras virtuales no se limitan a los objetos necesarios para sus exploraciones, sino que se extienden hasta gastar todos sus ahorros en el Mercado de las Luces cada año.

Los xamanes del lugar solo atienden a quienes consideran adecuado ayudar, y no reciben un solo centavo a cambio. A tal paso, le parece imposible conseguir una cita con uno, aunque sea solo para hablar. “Pero este año será diferente”, se dice a sí mismo.

Al entrar al área de xamanes, sediento de respuestas y esperando encontrarlas en aquella sabiduría ancestral, Nezach es abordado por una joven y hermosa mujer morena, de nariz prominente, abundantes cabellos negros, lacios, pesados, y unos bellos ojos almendrados de color negro. Para Nezach este tipo de rasgos eran los más hermosos del mundo, pues pocas veces se presentan en las personas. Las pieles en el mundo son o muy negras o muy blancas, las narices pequeñas y respingadas, y los ojos grises son los más comunes. Después de la Gran Guerra de Palestina, cientos de miles de años atrás, el canon de belleza cambió tanto que los humanos se modificaron genéticamente para adaptarse a él. Y las nuevas generaciones nacieron con estos cambios; la diversidad de rasgos y colores de piel se volvió cada vez más limitada. Ver al vecino, al actor en la pantalla, al marido, o al conductor del transporte público era como verse a uno mismo en el espejo, y la forma en que los artistas y creadores de contenido en el Mundo Virtual se hacían notar, era a través de la ropa y el maquillaje exuberante que se conseguía a un solo touch de distancia.

La mujer que aborda a Nezach se presenta como Sol Xanat en un espanglés muy malo. Le dice que los granos de maíz le hablaron de él. Nezach alza una ceja de incredulidad, y duda por un momento si Sol Xanat solo quiere sacarle dinero por una lectura de cartas o algo similar. Ella parece adivinar los pensamientos del hombre, así que del bolsillo de su falda floreada saca un pequeño morral, estira los extremos de las cuerdas que lo cierran y de él saca granos de maíz púrpura, rojo y blanco. De inmediato, Nezach se recrimina a sí mismo estar dudando de lo que ha esperado por tanto tiempo; pide permiso para sostenerlos, conmovido por su forma redondeada. Le dice a Sol Xanat:

                —Este maíz debe ser muy antiguo.

Ella asiente. Sus ojos, tan negros como una zanja, se clavan en los ojos verdes de Nezach. Él toca el maíz como si se tratara del cristal más fino; sabe que, en la actualidad, los granos son de una forma cuadrada perfecta, al igual que la mazorca en sí. Las empresas modificaron los vegetales siglos atrás para que no generasen el ruido visual que tanto afectó a inicios de la era 21, y desde entonces no hubo vuelta atrás. Sol Xanat lo saca de sus divagaciones quitándole los granos de la mano y devolviéndolos a su lugar. Clava sus ojos de zanja en los de Nezach por segunda ocasión, y él casi siente desconfianza emanar de ellos.

                —¿Qué te dijo el maíz sobre mí? —pregunta.

Sol Xanat niega. Con la expresión asustadiza de un venado, mueve los labios sin emitir sonido alguno. Nezach trata de entender lo que ella trata de decirle: “Tenemos que irnos, pueden escucharnos”. Se contiene de preguntar: “¿Quiénes?”, y se contagia de paranoia. Sol Xanat dice a la encargada del puesto de a lado que le cuide un rato, que volverá antes de cerrar, pero Nezach no entiende mucho de lo que dicen; hablan en náhuatl y él aún no lo aprende bien. Las mujeres parecen discutir, más la compañera de Sol Xanat, pues esta última muestra una actitud un poco descarada.

                —De seguro ni regresas —le dijo la compañera en un espanglés mejor que el de Sol Xanat, y barre a Nezach con la mirada—. Ya te vas otra vez de huila.

Sol Xanat suelta una risa escandalosa. Nezach se ríe también, aunque no sabe qué significa huila. La discusión termina ahí. Suben al auto de Nezach, y después de la instrucción de Sol Xanat, llegan a las afueras de Salomón, se detienen en un enorme sembradío. Allí, los campesinos, propietarios de las tierras, se detienen en sus labores y los observan pasar; Nezach se pierde en la negrura de aquellos ojos, y en el brillo contrastante de su piel morena. Caminan hasta llegar al pie de un cerro, para ese momento el sol ya ha bajado y el aire se torna frío. Nezach se abraza a sí mismo mientras mira a su alrededor: detrás de él, los campesinos, a lo lejos, no han dejado de mirarlos y siguen inmóviles; al frente, la montaña tapa la luz del sol, incluso parece estar nublado. A su costado, Sol Xanat está rezando en náhuatl mientras se sahúma. Del otro lado, un camino despejado que lleva a unas cabañas, quizá de la gente del campo. Después de sahumarse, Sol Xanat lo sahúma a él, que siente los ojos pesados conforme una capa blanca y translúcida cubre su cuerpo. De pronto nota los tonos de olor del sahumerio: palo santo, ruda, salvia, copal blanco. El humarascal colma sus fosas nasales y se cuela hasta la garganta. Tose, y Sol Xanat se ríe bajito.

                —Ya casi acabo —le dice y recompone el tono solemne en sus plegarias.

Después de unos minutos, están limpios y protegidos. Nezach teme preguntar cualquier cosa. Entre lo que parecen ser enredaderas de maleza, Sol Xanat descubre una entrada hacia la montaña; es angosta y se siente húmeda. Ella entra sin mayor problema, gracias a la delgadez de su cuerpo. En cambio, Nezach sume la panza que los años y la cerveza han hecho algo prominente. La roca le arranca un botón de la camisa y le raspa la piel, pero no se atreve ni a quejarse. Están a oscuras, pero Nezach, siempre preparado, saca una linterna del bolso de cuero que siempre carga. Caminan por un túnel un poco menos estrecho que la entrada hasta llegar a una ¿sala?, o cueva cuadrada. De pronto Nezach cae en cuenta de que, por la ubicación y la estructura interna del lugar, se encuentran dentro de una pirámide.

                —Nantlejekatl era su cuidadora —dice Sol Xanat.

Nezach, absorto dilucidando en qué parte de la pirámide se encontrarían, se estremece ante el repentino sonido de la voz de Sol Xanat. Sabe quién era Nantlejekatl, la madre de la tolvanera, mas no entiende a quién o qué cuidaba. De nuevo, no pregunta nada. Llegan a un pasadizo con unas escaleras de caracol hacia abajo; contrario a lo que pensaba, no estarían explorando la parte de arriba de la pirámide. ¿Había algo más importante debajo de ella?

                —El Miztitōca era el compañero de nuestra Madre. Significa “gato grande” en tu lengua —explica Sol Xanat cuando llegan al final de las escaleras, que a Nezach le parecieron casi interminables. Desde donde están, no pueden ver el inicio, pues miden un par de kilómetros. El diámetro no es muy ancho y le da al arqueólogo una sensación de atrapamiento. Además, saberse en tal profundidad gesta una opresión en su pecho que dificulta su respiración. Se topan con otras escaleras, esta vez rectas, que los conducen a una enorme sala perfectamente cuadrada. El hombre calcula que mide al menos dos kilómetros cuadrados. Por el suelo se esparcen cráneos de gato alrededor de bellas esculturas de piedra; Nezach reconoce algunas de las deidades que representan, pero le llama la atención la que podría ser del Miztitōca. Se inclina ante ella y de su bolso saca un lente para analizarla con más detalle.

Sol Xanat se acerca a él por la espalda, y el tacto de las finas manos en sus hombros le produce un escalofrío desde el coxis hasta las sienes. Nezach se levanta en el acto y, al girarse, deja caer la linterna. Está temblando. La luz apenas los alumbra, y Sol Xanat se prende de su cuello.

                —Tienes una enorme sed de saber, me lo dijo el maíz.

Desliza su lengua desde la mandíbula, los vellos de la barba descuidada le raspan, pero continúa hasta llegar a los labios, entreabiertos por la conmoción. Los atrapa en un ardiente vaivén de deseo, pero Nezach no puede responder.

                —Él se los llevó, ¿no es así? —Es la primera vez que Nezach pronuncia palabra desde que bajaron del auto. Su voz sale casi como un gruñido de terror.

Sol Xanat voltea a ver, pero Nezach no siente su mirada. Es como si la mujer estuviese viendo hacia la nada. Él retrocede un paso, tropieza con la escultura y cae al suelo. Ella se abalanza a él como una leona a su presa y se pone a horcajadas sobre su cuerpo tembloroso tendido entre los huesos.

                —Parece que eres listo —responde Sol Xanat—. Miztitōca fue. ¿Quieres saber?

Nezach intenta levantarse, pero el cuerpo delgado de la mujer se siente anormalmente pesado. El rostro fino y hermoso se agrieta poco a poco, y se torna color gris. Sol Xanat es ahora una escultura de piedra, cada vez más pesada. Nezach siente la pelvis partirse en dos, sus gritos rebotan en las paredes. Trata de regularse, a pesar del dolor y el miedo, aún quiere escuchar.

                —El gato elige a los indicados para Nantlejekatl. En el otro pasadizo hay muchos iguales. Tenían joyas y plumajes que los adornaban. Le gustan los objetos brillantes, el olor a tela recién hilada. Con eso, se calmaban las tolvaneras. Todos los cerros de aquí no son más que tumbas.

                —¿Tumbas? —brama Nezach, y siente que se quiebran sus fémures.

                —No buscaron bien —contesta Sol Xanat. Su cuerpo de piedra se torna más suave y se llena de pelo. Ahora es un oso negro.

                —Na… Nahual —tartamudea Nezach en un hilo de voz.

                —No te desmayes —dice Sol Xanat y lo toma de las ropas con el hocico, no sin antes pedirle que lleve la linterna por ella.

Sol Xanat se lo lleva arrastrando por un portal a una sala idéntica a la anterior, pero con montañas y montañas de huesos humanos. Nezach grita y se revuelca en el suelo, trata de liberarse, pero cada movimiento envía una corriente de dolor por todo su cuerpo. Un olor a podredumbre llena sus fosas nasales.

                —No te muevas —gruñe Sol Xanat. Su voz suave ahora es gutural.

De inmediato, Nezach se queda inmóvil y la mira con los ojos muy abiertos.

                —El miedo y el dolor pueden detener tu corazón. —Su cuerpo cambia de forma hasta convertirse en un venado—. ¿Esta forma es más amigable?

El hombre asiente con la cabeza; con el poco raciocinio que le queda, nota que Sol Xanat habla con un mejor espanglés. Mira los restos a su alrededor. Algunos están adornados con joyas finas, penachos y ropas que, quizá para entonces, eran las más lujosas. Pero conforme mira más y más, encuentra atuendos modernos y cuerpos no tan carcomidos por el tiempo.

                —Hace varios años, un 24 de diciembre, justo después del solsticio de invierno, una gran tolvanera se llevó árboles, y casas enteras en nuestro pueblo. Vengo de un lugar cercano a Salomón el Grande, donde no hay hogares de materiales modernos como en el que has de vivir tú. Toda mi gente quedó sin hogar bajo el sol del desierto. Nos picaron los alacranes y nos mordieron las serpientes. No teníamos ni siquiera luz, porque también se cayeron los postes. Supimos que Nantlejekatl necesitaba sacrificios cuando el año siguiente, antes del solsticio, se perdió uno de los ricos de Salomón, y vimos al Miztitoca arrastrarlo por todo el pueblo. Todos lo seguimos hasta acá. Pero fue al único que pudo traerse. Ya estaba viejito. Antes de morirse, nos dijo que teníamos que traerle más a la Madre Tolvanera, porque él ya no podría. Nantlejekatl lo cuidó como a su hijo mientras fue humana, y cuando se convirtió en Diosa en forma de tolvanera, Miztitōca le prometió que la cuidaría a ella ahora. Y como te digo que le gustaban los adornos al gato, por eso se llevaba a la gente que tenía muchas cosas, como ropa nueva y alhajas. Por eso nosotros vivimos en humildad perpetua. Por eso el maíz me dijo que vendrías tú. Tienes muchos aparatos que le van a gustar al gato. No puedo dejarte ir, Nezach Quiróx. Ahora también tenemos que alimentar al Miztitōca y traerle sus juguetes, porque si no, sufriremos de la cruel tolvanera de nuestra Madre. Preferimos darles de comer y que nos acaricien de vez en cuando con sus terregales.

»Como tú, llegaron muchos de otras partes. Se tomaban fotos con nosotros, nos veían hacia abajo. Tú me caíste bien, pero es que el maíz me habló de ti. Me dijo que te gustaba comprar cosas. Y nosotros no perdonamos. Por gente como tú, se acabaron nuestras aguas, por eso nos cobran el aire que respiramos, por eso los campos están llenos de basura. Detestamos a la gente como tú. Por eso mejor los damos como ofrenda. Pero vas a estar feliz, ¿no? —Sol Xanat acaricia el rostro de Nezach, ya de color gris, con la almohadilla rasposa de su pata—. El maíz también me dijo que querías saber qué pasaba. Pero después de saber, tampoco puedo dejarte ir, ¿sí entiendes? Te digo que así como tú, llegaron de muchas partes, uno que otro científico que desapareció sin dejar rastro. También turistas que nos quieren comprar como a todo lo que se ponen de adorno. Están bien vacíos, pero tú me caías bien. ¿Me escuchaste?

Sol Xanat adopta de nuevo su forma humana. Se pone de rodillas junto al cuerpo inerte de Nezach Quiróx. Está muerto. Nada más alcanzó a escuchar hasta “solsticio”. No se enteró jamás del misterio, pero Sol Xanat no lo sabe. Está feliz de haberlo ayudado. Al final, es lo que los xamanes del Mercado de las Luces se encargan de hacer.