lunes, 10 de noviembre de 2025

Monstruo rosa pastel

 


Llego a casa después de un arduo día de trabajo. Coloco a mi nueva víctima en el suelo de la ducha. Es pesada. No tiene caso ser gentil a la hora de arrastrarla. Su cráneo hace un ruido seco al golpearse con la base del inodoro. Da igual, está sedada.

Ser la novia tímida, amable y tierna tiene sus ventajas. Nadie sospecha de un inocente capuchino de vainilla. No es culpa mía que las cosas sucedan de esta manera. No es culpa mía que la sangre me hierva al ver cómo bellas mujeres intentan cazar a mi hombre. No es culpa mía que él sea tan distraído como para no percatarse del nauseabundo y asqueroso flirteo de esas mujeres indignas. Tengo que hacer algo, ¿no lo harías también?

Pobre pelirroja teñida. Tus ojos impuros jamás volverán a ver su sonrisa. Tomo mi espátula especial para extraerlos; un nervio juguetón me salpica el rostro de sangre. Sonrío. Por mucho que practique, no puedo hacerlo perfecto. Mis ganas de destrozar son más grandes que cualquier cosa.

Nunca debiste tocarlo. Es difícil cercenar manos con una sierra que ha perdido el filo por el uso. Voy a paso lento; hago una nota mental, conseguir otra sierraA este punto, la ducha está cubierta de sangre. Las paredes están salpicadas. Comienzas a despertar del sedante, te quejas débilmente.

Seguro has perdido mucha sangre. Lo lamento…

Suspiro pesadamente. Dejo la sierra a un lado. La culpa me inunda. Escucho unas llaves bailoteando en la entrada principal, ¿tan rápido se hizo de noche? Sus pasos por la estancia hacen un eco que me taladra los oídos. La sierra cae de mis manos.

Bebé, ¿estás ahí?, lo escucho decir. Es demasiado tarde para esconder y limpiar todo. Él abre la puerta del baño. Me encuentra en el suelo junto a aquella chica que él apenas conoce. Sonríe.

Mi vida, ¿de nuevo?, pregunta, su voz cargada de ternura. No puedo sostenerle la mirada. Asiento con la cabeza, miro hacia abajo con vergüenza. La pelirroja se queja un poco más fuerte que la última vez. Me estremezco, pienso que, tal vez, si la ayudamos, ella pueda sobrevivir…

Mi amado toma la sierra y la ayuda a descansar. Ya no hubiese resistido, explica mientras deja el arma caer. El sonido del metal contra el mármol es estridente. Me estremezco de nuevo, él me abraza.

Soy un monstruo, digo.

¿Un monstruo?, pregunta fingiendo confusión. No puedes ser un monstruo. Besa mis mejillas ensangrentadas. Halaga el rubor natural en ellas. Me dice que soy rosa pastel. Promete limpiar el desastre del baño y llevar a la chica a la fosa donde están todas las demás.