And I remember now
At the top of my lungs in my arms
She dies, she dies.
—«The Ghost of You», My Chemical Romance
El estruendo de un ave estrellándose en el parabrisas casi me cuesta la vida. Mi coche dio un giro por el volantazo que di al asustarme. Cuando me detuve, atravesado entre los dos carriles, respiré un momento. El responsable de mi susto de muerte yacía en el cofre del auto. Era un canario amarillo.
Siempre los odié. Mamá solía tener muchas aves en el patio y jardín de la casa. Incluso tenía gallos que me despertaban temprano todos los malditos días, pero no los odiaba tanto como a los canarios. A menudo, cuando se distraía, yo les arrancaba la cabeza con los dientes. Siempre pensó que eran gatos los responsables, y conseguía un repuesto casi el mismo día. No sé cuántas cabezas de canario arranqué con los dientes durante mi infancia y adolescencia, pero debieron ser muchas.
Por fortuna, a mi exesposa le encantaban los gatos, así que tener aves no era una buena idea.
Hadria era una mujer muy amable, hermosa por dentro y por fuera. Me casé con ella perdidamente enamorado, ella provocaba en mí algo que ninguna otra mujer había hecho jamás. Era inteligente, sensata, divertida, muy culta, hacía el amor como nadie, y en su corazón había una gran pureza, algo que ya no se encuentra con mucha facilidad. Su cabello era largo, castaño claro, sus ojos eran color miel y su piel rosa y pálida. Amaba tanto sentir la suavidad de su piel, ver su sonrisa, tocar sus pies con los míos, escucharla reír… pero nunca se lo hice saber. Un día, ya era demasiado tarde. La vi marcharse, cabizbaja, evitando mirarme, con dos enormes maletas en mano.
—Gracias por todo —fue lo único que pude decirle, tímidamente, con la voz temblorosa. Ella giró la cabeza, aún sin mirarme. Ni siquiera sonrió. Tampoco dijo nada. Sólo se fue. Ni siquiera se llevó al gato.
A partir de ese día, mis noches se llenaron de alcohol y melancolía. Yo sabía que jamás podría sentirme como cuando estaba con ella. Extrañaba tanto su olor, su cuerpo. Me gustaba tanto que incluso al verla llorar sentía mi carne endurecer. Hubiese podido besar y lamer todo su cuerpo, pero siempre fui muy frío.
Si Hadria supiera cuánta devoción sentía por ella, probablemente no me hubiera abandonado.
Poco después de que me dejó, conoció a otro hombre. Por supuesto que no me engañó, yo estaba seguro por varias razones: Hadria no tenía el corazón para hacerlo; ella no sabía mentir, y la más importante de todas, me dejó porque yo era una basura de hombre, porque la maltrataba cuando estaba estresado, porque desquitaba con ella mis inseguridades. Yo estaba seguro de que no me había sido infiel, pero de todas formas me sentía desplazado. Seguro aquel tipo era mucho mejor que yo, seguro él sí valoraba sus detalles, su pureza.
En alguna ocasión me los topé en una plaza comercial. Creo que no me vieron, traté de mantenerme fuera de su vista, pero los observé de lejos. Hadria se veía más feliz de lo que pudo verse alguna vez junto a mí. Me carcomía la frustración. ¿Pero qué podía hacer yo? ¿Obligarla a estar conmigo? Ya le había rogado demasiado en su tiempo. Ahora me tocaba superarla, pero no era tarea fácil. Claro que la terapia ayudaba; la ayuda psicológica fue algo que evadí mientras estuvimos casados, por mucho que ella me insistía. Muy tarde me di cuenta de que era necesaria. El psicólogo me enseñó que debía dejar ir, que debía soltar. Por eso los miré de lejos, aunque moría por acercarme a saludarla.
Aquel día, la frustración de no poder hablarle me orilló a comprar un canario para arrancarle la cabeza de una mordida. De alguna manera, me calmó los nervios.
Pronto el corredor de mi casa se convirtió en un cementerio de aves. Me alegraba ser un tipo solitario, así nadie preguntaría por qué la casa olía a animal muerto, así nadie notaría las plumas amarillas en los sillones y alfombras…
Me topé a Hadria un par de veces más en diversos lugares: el supermercado, algunos bares y restaurantes, también la vi caminando por el centro de la ciudad. Cada una de las veces que la vi, estaba acompañada de su prometido. Me enteré de que iban a casarse.
Aquel día me la topé, por primera vez la vi sola, recorriendo una plaza comercial que solía frecuentar. La vi entrar y salir de varias tiendas, y cada vez me acerqué más a ella. Salió de una perfumería con una pequeña bolsa blanca con rayas azules. Un discreto y hermoso anillo de compromiso adornaba uno de sus dedos.
Naturalmente, la noticia me destrozó. Cuando llegué a casa decapité un canario con los dientes, arrojé su cuerpo lejos de mí, y escupí su cabeza a mis pies. Luego me calmé; llamé a mi psicólogo y le dije que tenía que verlo. Como parte de la terapia, escribí una carta diciéndole a Hadria cómo me sentía, pues tenía mucho que expresar; ella no me permitió decirle nada más una vez que decidió marcharse. Tampoco es como que tuviera las agallas para hacerlo, pero esta carta me ayudó mucho a desahogarme. La escribí en una de las hojas de mi diario.
Querida Hadria:
Sé que fui malo contigo todos esos años, y asumo total responsabilidad de mis actos. A pesar de todo, siento que pudiste decirme que te estaba haciendo sufrir, pero mantuviste todo ese dolor dentro de tu corazón, y lo viviste en silencio. De haber sabido que estabas tan herida, créeme, hubiera cambiado. No pensé que significaran tanto los comentarios que hacía, o las cosas que no decía. Creía que con lo que te demostraba era suficiente. Yo sé que te he fallado, pero no soy un mal hombre, y espero que te quedes con las cosas buenas que pasamos. ¿No fueron más los momentos amenos y cargados de amor? Sé que sí, y también te conozco y sé que siempre te quedabas con lo malo. Sé que he hecho cosas malas, pero eres lo único bueno que he tenido en la vida. Eres hermosa, inteligente y valiosa, perdóname por no habértelo dicho nunca. Cada noche sueño contigo y aún huelo la botella de perfume que olvidaste en nuestra habitación. Me estoy convirtiendo en el hombre ideal para ti, estoy yendo a terapia, tal y como me lo pediste cuando estábamos juntos. Aún te extraño mucho, estoy escribiendo un diario; no soy muy constante en la escritura, pero cuando lo hago me siento mejor. Espero algún día ser digno de ti. Trabajaré mucho en mí para que esto suceda, para que podamos estar juntos de nuevo, porque sé que este no es el final de nuestra historia. Te juro que cambiaré, no soy malo, sólo estaba en un mal momento. No debí desquitarme contigo, yo te quiero mucho. Eres mi inspiración. Espero que algún día puedas perdonarme.
Estuve tentado a enviarle la carta una vez que terminé de escribirla; era una carta tan honesta y llena de amor, que quizá hubiese cambiado algo, pero me contuve. No quería molestarla más con mis sentimientos. Dejé el cuaderno en mi escritorio y me serví un trago de vodka que se convirtió en media botella. Ya estaba entrada la noche cuando alguien golpeó la puerta. Al abrirla, casi me caigo de espaldas: Hadria estaba ahí, en el umbral, usaba un abrigo color mostaza y unas botas negras que le llegaban a las rodillas. Me pidió que la dejara pasar. El gato se frotó en sus piernas, la echaba de menos tanto como yo.
Se quitó los guantes y el gorro que la cubrían del frío. Agitó su cabeza para que su melena se acomodara, y el olor que emanó de sus cabellos hizo que mi entrepierna palpitara. Sólo quería lanzarme hacia ella y hacerle el amor, pero yo ya era un hombre diferente al que había dejado, así que tendría paciencia y escucharía todo lo que tuviera que decir. Pero sólo se sentó y miró al vacío mientras jugaba con los guantes entre sus manos. Le dije que iría a la cocina a prepararle un té. No respondió. Cuando volví con dos tazas en una pequeña charola plateada (que nos regaló su abuela cuando nos casamos y que ella dejó aquí, junto con otras cosas), la encontré mirando mi diario. Con lágrimas en los ojos, lo dejó sobre el escritorio y se abalanzó a mí. El té se derramó en mi pecho, pero no importaba. Ahora estaríamos juntos, y el dolor ocasionado por las quemaduras era lo último en lo que pensaba.
La besé apasionadamente, y sin separar nuestros labios caminamos a la habitación. Ella no notó las plumas amarillas tiradas por todas partes, ignoró el olor a animal muerto que cubría el que fue nuestro hogar por casi cuatro años. Yo ignoré el anillo que llevaba en su dedo anular, ignoramos que su teléfono sonaba desesperadamente en la sala de estar, la llamada de “Mi amor”, su prometido, el hombre que la había tenido junto a él todo este tiempo. No quise evitar sentirme poderoso, no sentí ni un poco de pena por aquel desgraciado. Por más que deseaba arrancarle la ropa a mi mujer, fui gentil, lo hice despacio. Me coloqué entre sus piernas y le mostré lo mucho que la había extrañado. Mis manos alrededor de su cuello la llevaron al éxtasis. Al terminar los dos, dormimos juntos el resto de la noche.
5 de septiembre de 2018
Querido diario:
No puedo dejar de pensar en Hadria y en nuestro secreto. Estoy tan feliz que no puedo contener la alegría. A pesar de que todo marcha bien entre nosotros, ella no ha dejado a su prometido, y yo no puedo parar con la decapitación de canarios. Pero es que me hace sentir muy bien arrancarles la cabeza con los dientes, me ayuda a liberar la frustración de no decirle a nadie lo que sucede entre mi mujer y yo, de no poder reclamarla como mía. Tengo que aguantar más.
Cada noche, al llegar del trabajo, Hadria me esperaba ya en la habitación, y hacíamos el amor. Ella no decía una sola palabra, sólo me miraba. Debido a su silencio, había muchas cosas que no comprendía, había tanto que quería preguntarle, pero quise respetar su derecho a no decir nada. Además, me daba miedo presionarla demasiado y que volviera a irse.
13 de septiembre de 2018
Querido diario:
Creo que estoy perdiendo la cabeza. La casa despide un hedor insoportable a criatura muerta, y no puedo deshacerme de él. He buscado por todos los rincones algún cadáver de canario que pueda ocasionar el olor, pero no he encontrado nada. Mañana viene Hadria y tengo mucho miedo de que perciba el olor y se vaya, que se entere de mi adicción, de mi escape a la frustración.
Después de días de buscar y buscar, encontré detrás de un mueble el cadáver del gato cubierto de gusanos. Suspiré. A Hadria no le gustaría la noticia. Reemplazar al gato no sería tan fácil como reemplazar los canarios del jardín de mamá, así que, después de tirar el cuerpo en un contenedor comunitario de basura, opté por decirle a mi mujer que el gato se había escapado. Tenía tanto miedo de que no me creyera; la casa seguía oliendo a muerto.
15 de septiembre de 2018
Querido diario:
Esperé a Hadria toda la noche, pero no llegó a casa. Temo que me haya abandonado. No pudo darse cuenta de lo que le sucedió a nuestro gato, ¿o sí? Me carcome la duda. La casa sigue oliendo a muerto, he arrancado las cabezas de diez canarios, pero no logro encontrar consuelo. No he querido llamarla, pero creo que tendré que hacerlo, ojalá no le ocasione problemas…
Tecleé su número desde el teléfono que estaba en la cocina. Retorcí el cable del auricular con mis dedos temblorosos. Un sonido familiar proveniente de la sala de estar llamó mi atención. Era un sonido muy tenue, muy débil… era el teléfono de Hadria debajo del sillón. Confundido, lo levanté de donde estaba y lo revisé. Tenía muchas llamadas perdidas de su prometido. Necesitaba desahogar mi consternación y me senté a mi escritorio para escribir en mi diario, esperaba encontrar una solución o idear un plan para buscarla. Estaba preocupado. Al abrir el cuaderno, me encontré con una página que escribí la semana pasada.
8 de septiembre de 2018
Querido diario:
Hadria y yo hicimos el amor esta noche. Disfruté beso a beso cada parte de su cuerpo. Nuestra cama se empapó del sudor de su espalda y, desde aquella madrugada en que volvió a mis brazos, aprisioné su cuello entre mis manos, y con ello llegamos al éxtasis. Creo que lo hice demasiado fuerte. Cerró los ojos y no despertó. Escribo estas líneas con la esperanza de encontrar una solución. La casa está cubierta de plumas y cabezas de canario cercenadas. Sé cuál es mi destino, pero me niego rotundamente a aceptarlo. Es mi fin.
Alguien golpeó la puerta, el sonido interrumpió mi lectura. Faltaban varias páginas, pero dejé el cuaderno a un lado. Por la mirilla vi la silueta oscura de un hombre. No tenía caso ocultarme, las luces encendidas delataban mi presencia. Pero tampoco abrí la puerta. Yo sabía que el sujeto que esperaba detrás era su prometido; no tenía por qué darle explicaciones. Lo dejé que siguiera golpeando mientras yo buscaba el cuerpo de Hadria. La encontré desnuda, atada de pies y manos en el clóset. Su piel era azul con manchas verdes y moradas, y una expresión de horror se asomaba entre la neblina que cubría sus córneas. Entre sus dientes, una mordaza blanca salpicada de sangre. La impresión me hizo caer de espaldas, me arrastré, aterrorizado, hacia la sala de estar. El sujeto en la puerta la derribó de una patada. En cuanto me vio, se abalanzó a mí y me golpeó hasta cansarse. ¡Vaya salvaje!
Me dejó tirado en el suelo, sin fuerzas para levantarme. Tenía la visión borrosa, pero alcancé a verlo correr hacia la habitación. Un grito desgarrador invadió el aire.
En la mesa de centro, antes de que todo se volviera oscuro, pude ver una bolsa pequeña color blanco con rayas azules, rodeada de plumas de canario. Y cerré mis ojos para no abrirlos jamás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario