miércoles, 21 de mayo de 2025

Piel robada

I

Recargada en el cristal del autobús, Roberta aspiró y cubrió de vaho la ventanilla. Con el dedo índice garabateó antes de que su aliento se escurriera y desdibujara el rastro de su yema. Prestó atención al reflejo de la persona que se estaba sentando en el asiento de al lado: una mujer de piel morena, seca, acartonada; usaba pulseras tejidas de varios colores en ambos brazos; los rizados cabellos le dificultaron la tarea de ponerse un cubrebocas del mismo color que sus ojos vacíos y negros. Los anteojos se cubrieron de vaho al exhalar. Roberta se imaginó a sí misma garabateando en las micas de aquellos lentes. La mujer bajó un poco el cubrebocas para dejar salir el aire y los cristales se aclararon. A pesar de no ver la mitad de su rostro, Roberta supo que la mujer le sonreía, así que le sonrió de vuelta. Se presentó como Rebeca.

II

Rebeca trató de mirarse en el espejo. No era la oscuridad de la habitación la que le impedía verse, más bien, el vacío de sus ojos no percibía rasgo alguno en su imagen; reconocía su proyección frente a ella, pero no distinguía la nariz, los dedos que tocaban con torpeza los rizos que no existían, la piel áspera que no se reflejaba. Rodeó su cuerpo con una serie de luces navideñas que encontró en el armario. Al encenderlas, una luz púrpura iluminó tenuemente su silueta, pero seguía sin distinguir sus facciones. Colocó un tripié con cámara frente a ella, se retiró unos pasos y tropezó con el cable de las luces. Casi cayó de espaldas. Se preguntó qué habría hecho Roberta en esa situación. Probablemente, ella se habría reído. Así que Rebeca se echó a reír.

III

Aquellos ojos que no reconocían a su portadora miraban casi hipnotizados la nariz afilada, las pestañas cargadas de rímel y los labios color vino de Roberta. Y ella miraba los autorretratos con destellos purpúreos rodeados de una oscuridad inquietante. La oscuridad que manaba de ellos no venía propiamente de la falta de luz de la habitación, sino de la mirada de Rebeca, sin brillo ni emoción alguna; parecían ser los de un cadáver al que todavía no le cierran los ojos. Roberta se ofreció a retocar las imágenes para darles un toque más profesional. Agradecida, Rebeca se quitó una de las tantas pulseras que usaba y se la extendió.

IV

Al verse en el espejo, Rebeca palpó su nariz. Casi pudo ver frente a ella la silueta.

V

Tuvo que salir de la regadera y ponerse la ropa con el cuerpo remojado y los cabellos escurriendo. Abrió la puerta, apresurada. Llevaban un buen rato golpeando. Se encontró con un repartidor que le entregó un paquete sellado. Firmó de recibido y se sentó en el sillón. Roberta lo miró desconcertada y por su mente pasó un sinfín de posibilidades: ¿Una bomba? ¿Arma biológica? ¿La cabeza de alguien? ¿Un animal muerto? El paquete en cuestión era pesado, y su nombre completo rotulado en la etiqueta. Con la uña partió la cinta adhesiva. Se encontró con una dotación completa de dulces tradicionales de su ciudad natal. Sacó un ate de guayaba y lo olió. Un pitido molesto proveniente de su teléfono interrumpió el momento: “¿Ya recibiste el paquete?”, decía un mensaje de Rebeca. Roberta le respondió con otra pregunta: “¿Tú lo enviaste?”. “¡Por supuesto! Eres tan buena amiga”, fue lo que contestó Rebeca, casi de inmediato, como si esperara esa reacción. Roberta dejó el teléfono a un lado, de su mente escaparon todas las palabras. Miró la caja abierta frente a ella y se quedó pensando en qué momento Rebeca averiguó su domicilio.

VI

Rebeca volvió imposible que se hablara del tema. Cada que Roberta intentaba traerlo a colación, ocurría algo: un ataque de tos, un dolor de espalda insoportable, un objeto atorado en la garganta, una torcedura en el tobillo.

VII

Al entrar al departamento de Rebeca, Roberta quedó impresionada con la cantidad de libros que cubrían las paredes. Por más luces encendidas que hubiera, el lugar seguía siendo sombrío. “Todo el tiempo he leído, pero nunca he mostrado a nadie lo que tengo que decir”, mencionó Rebeca. De su bolso, Roberta sacó cinco libros muy gordos y se los extendió. “Toma, son para ti. Puedes lograr esto y más si te atreves a alzar la voz. Te ayudaré en lo que pueda”, le dijo. Rebeca los tomó y leyó los títulos. La autora de aquellos ejemplares era Roberta. Se quitó una pulsera y se la puso. “No encuentro otra forma de agradecerte. Te regalaré también algunos libros”.

VIII

Por la noche, Roberta se quedó dormida en el sillón. Rebeca acarició el fino rostro apiñonado y pecoso, el suave y lacio cabello castaño. La dejó ahí y se encerró en su cuarto. De un mueble sacó una bolsa resellable con una peluca cuidadosamente guardada. Era lacia y larga, de color castaño, como el cabello de Roberta. Se la puso y se miró al espejo. Entre las sombras distinguió el asomo de una sonrisa color vino.

IX

Con el pasar de los días, Roberta notó su cabello oscurecerse. El castaño con destellos dorados que resplandecían con el sol se hacía cada vez más opaco. La llegada de los treinta quizá la había acercado al destino de las canas, pero su cabello parecía más azabache que grisáceo.

X

La reverberación del gemido de Roberta lo llevó al orgasmo. La arrojó al colchón y se lanzó sediento a la humedad de entre sus piernas. Hundió la barba y los labios en la carne suave y resbalosa de su amada, hundió los dedos en las enormes nalgas, para acercarla más a él. Se moría de sed. La voz de Roberta y sus finas manos jalándole el cabello para pegarlo a su vulva lo condujeron a un segundo orgasmo. Vladimir se dejó caer sobre el vientre de Roberta. Jugueteó con las pulseras que tenía puestas y le preguntó por qué nunca se las quitaba. “El nudo está muy apretado, no he podido desatarlo desde que Rebeca me las puso”.

XI

Cubiertas de rímel, las pestañas eran fácilmente reconocibles frente al espejo. Rebeca las tupió hasta sentirlas pesadas y se puso el labial rojo vino con cuidado de no manchar sus dientes. Notó sus mechones un poco más claros y menos rizados. De todas formas, se hizo el cabello en un moño, se puso una red y su peluca favorita. Por la tarde continuó escribiendo su última creación: El retorno del zorro. Sus letras salían de su mente con más soltura, y las observaciones de Roberta eran cada día menos severas. Pero lo mejor de todo era la expresión de inquietud en su mirada conforme avanzaba en la revisión.

XII

A medida que sus brazos se iban liberando de pulseras, la gente comenzó a confundirla con Roberta cuando paseaba por la calle. A veces, le pedían autógrafos o fotografías. Apenada, declinaba y se presentaba como Rebeca, escritora de fantasía juvenil. “¿Ha publicado algún libro?”, le preguntaban los fanáticos de Roberta. Ella negaba con la cabeza, y dentro de su pecho se cocinaba lentamente un odio hacia la mujer que lo tenía todo, mientras ella no tenía nada.

XIII

Roberta se paró frente al espejo. Su piel perdía más brillo con el pasar del tiempo, se sentía áspera y apagada. Su cabello estaba maltratado, crespo, negro. Si fuera posible contar las pecas en su rostro, estaría segura de que le faltaban varias. No solo su piel se había apagado. También sus ganas de escribir, de salir de casa. No quería que nadie la viera de esa forma.

XIV

Vladimir llamó todos los días, pero no obtuvo respuesta de su amada.

XV

Rebeca salió con paso seguro rumbo a la editorial que publicaba la serie de libros Los ojos de Edipo de Roberta Márquez. El editor en jefe, Vladimir Palacios la recibió con sorpresa. Le preguntó si sabía algo de Roberta. “Está algo deprimida”, respondió Rebeca. “Ten un poco de paciencia”. Vladimir tomó la memoria USB con los manuscritos Entre tinieblas, Las torres de cerezo y El retorno del zorro de R. B. Ortiz. Dio un rápido vistazo al primero y notó una escritura de principiante: errores de ortografía, personajes planos, trama predecible. Abandonó la lectura a los pocos minutos ante la mirada expectante de Rebeca. Abrió el siguiente archivo y notó una pequeña mejora. “Roberta ha intervenido con algunas correcciones”, comentó Rebeca, que espió discretamente en la pantalla de Vladimir. Él asintió sin mirarla y siguió leyendo; si bien estaba mejor redactado, la trama seguía sin ser atrapante, los personajes no tenían profundidad y las atmósferas no estaban bien construidas. Después de leer algunos fragmentos cerró el archivo y abrió el último. Con El retorno del zorro Vladimir se sumergió tanto en la lectura que no pudo detenerse. Era como si la misma Roberta lo hubiera escrito. Salió del trance cuando un rayo de sol se coló por las persianas e iluminó el cabello de Rebeca; los destellos dorados en su cabello castaño y lacio captaron la atención de Vladimir, recordó que estaba acompañado y por un segundo la confundió con Roberta, la miró como la miraba a ella. Rebeca sonrió. Por primera vez alguien la había mirado con amor.

XVI

La puerta de entrada rechinó, pero Roberta se mantuvo hecha un ovillo en un rincón de su habitación. Los pasos de Rebeca resonaron en el suelo de madera, Roberta la escuchó acercarse a ella cada vez más. En el umbral de la puerta se encontró con su propia imagen, pero algo no cuadraba: tenía unos ojos negros, vacíos.

XVII

¿En qué momento se llenó su pared de libros? ¿Y su casa se volvió sombría?

XVIII

Se mojó la cara en el lavabo del baño. Desde sus muñecas, mojando las pulseras coloridas hasta llegar a los codos escurrió el agua gris. Las uñas, antes almendradas con una bien cuidada manicura, se ciñeron mugrientas y quebradizas a la áspera piel de sus mejillas. Fregó con el jabón en barra cubierto de cabellos rizados y negros hasta que su rostro quedó limpio. Luego, se miró al espejo. La proyección no mostraba a Roberta, sino a Rebeca. Cerró la llave, pero no lo suficiente, y un goteo se mantuvo haciendo un sonsonete que la hacía sentir un poco menos sola.

XIX

Rebeca se deshizo de su última pulsera. La ató con varios nudos a la muñeca de Roberta. Antes de despedirse de ella, le dio un beso en la coronilla y le agradeció por ser tan buena amiga. Se quitó los anteojos; las uñas perfectas y almendradas se enredaron en el cabello rizado, negro y crespo de Roberta al acomodarle los anteojos. “Pero nunca he necesitado usar…”, objetó. “Cada vez empeora más tu vista, ¿no es así?”, respondió Rebeca, y continuó: “Ya me tengo que ir, querida. Tengo un evento importante y no puedo llegar tarde”.

XX

El retorno del zorro, libro de Roberta Márquez fue presentado esa noche.